Texto enviado por una seguidora a [email protected]
Hace 4 años compramos una casa de esas que dicen que tienen mucho potencial, pero que, en realidad, está en ruinas. Para haceros una idea: mis compañeros de colegio la llamaban “la casa de Casper” cuando éramos pequeños. Aun así, es un oasis en medio del caos del centro de mi ciudad y nos lanzamos a por ella.
La reforma nos llevó dos años y una casa de 1960 con la fachada de granito y el tejado de pizarra, se convirtió en una especie de refugio de montaña nórdico-rústico. La obra nos dio muchos quebraderos de cabeza, pero valió la pena.
El jardín era otro cantar. Teniendo en cuenta que nos la planteamos como la casa de nuestra vida, dejamos el jardín agreste y pensamos en ir arreglando poco a poco. La casa había estado abandonada muchos años y el jardín era, sin duda, el lugar idóneo para grabar una peli de miedo: 2 pozos, muchos rincones escondidos, más vegetación que en la selva amazónica y dos tortugas de tierra enormes que nunca sabremos si son ambas macho o hembra, pero llevan ahí más de 30 años.
Antes de irnos a vivir, un amigo que es jardinero nos echó una mano e hizo una limpieza de maleza para así hacer todo más transitable. Muchos árboles estaban ya muertos (Filomena había hecho destrozos) y otros había que podarlos. Sin embargo, la mayoría del jardín estaba decente, salido de los Bridgerton trasnochados, pero aceptable (con enanitos de piedra, una fuente que no funcionaba similar al Manneken Pis y muchos desperfectos).
Así que nos mudamos con toda la ilusión del mundo. Bautizamos a las tortugas “Thor” y “Tuga” y comenzamos nuestra aventura.
Cuando ya habíamos pasado un año allí, y con dos niños correteando por cada rincón del jardín y de la casa, una mañana cualquiera de un fin de semana cualquiera nos despertamos, desayunamos y mi marido salió a “hacer jardinería” con los niños. Mientras, yo preparaba algunas cosas dentro de casa antes de bajar con ellos.
Me pegó una voz y me dijo: “¡Asómate a la ventana!”. Me asomé y, la verdad, con lo despistada que soy, no vi nada raro. “¿Qué pasa?”. “¡Fíjate!”. “¿Qué pasa?”. “¡El pozo!”. Ya he dicho que hay dos (había). Miré y uno estaba en su sitio. Pero el otro, no estaba. En su lugar había un cráter de más de 3 metros de diámetro. Bajé corriendo y el hueco era de más de 12 metros de profundidad. Cogí a los niños y mi marido delimitó el perímetro como si fuera del CSI.
¿Cómo no habíamos oído nada? ¡Pero si ayer estábamos corriendo con los niños por ahí! ¡De la que nos hemos librado! ¡Menos mal que no había nadie!
Después del susto, lo siguiente era taparlo de manera urgente. Así que nos buscamos como locos empresas serias que nos ayudaran con el estropicio. Pensábamos que taparlo no iba a ser tanto dinero, pero lo era. Nos costaba prácticamente lo mismo que mantenerlo.
Entonces, nos sugirieron una solución maravillosa, pero mucho más cara: mantenerlo y, a la que estaba una gran parte excavada, hacer sobre ese hueco una piscina. Sonaba genial, pero ya sí que era una verdadera pasta.
Le dimos muchas vueltas a cualquier opción. Lo único que estaba claro es que había que taparlo, pero también que hacer una piscina en el futuro era nuestra idea. Es cierto que nunca nos la habíamos imaginado en ese sitio porque estaba el pozo, pero era ideal: le daba el sol, no molestaba y, al fin y al cabo, nos quedaban unos ahorrillos.
Nos tiramos a la piscina, y nunca mejor dicho. Fue un desembolso grande en un momento en el que no pensábamos hacerlo, pero, a día de hoy, no nos arrepentimos. Además, tuvimos mucha suerte y la empresa que arregló el pozo e hizo la piscina resultó ser de 10 (cosa que no suele pasar en estos casos) y estamos encantados con el resultado.
La conclusión que saqué de todo es que no hay mal que por bien no venga, aunque haya gente que se empeñe en amargarte. ¿Que a qué me refiero? No os imagináis la de veces que escuché que qué mala suerte, vaya faena o qué horror. Y yo sólo sabía decir que todo lo contrario: esa era una zona en la que siempre hemos jugado con los niños por ser muy soleada y el hundimiento podía haber ocurrido en cualquier momento, con heridos e, incluso, algo mucho peor.
Ahora sólo nos queda adecentar el jardín de Casper…
