Llevaba un año conociendo a un chico. Quedábamos mucho y la cosa iba bien, con sus más y sus menos, pero los más sobresalían, así que decidimos vivir juntos. Yo vivía en un piso de alquiler y él con su madre, así que se mudó a mí piso. Habíamos hablado de compartir gastos en la medida de lo posible. A mí me iba a desahogar bastante y él, se sentiría así también útil.
He de decir que por aquel entonces este chico tenía trabajos esporádicos, pero no solía estar parado. Así que Lgo podía aportar.
La convivencia iba bien, pero pasó un mes, otro, otro más y otro, y nunca jamás me dijo: “toma, este dinero”. Al principio me daba cosa sacarle el tema, sentía que, al tener un trabajo estable en mi caso, y él tener “trabajillos” quizás no iba bien de pasta como para apoquinar. El problema fue que siguieron pasando los meses y cuando llevaba viviendo conmigo 8 meses saqué el tema. Le pregunté por qué no le salía a él darme nada y se lo tenía que pedir yo. Él se limitó a decirme que tenía razón y que no sabía por qué no le salía. Que a partir de ese momento cambiaría eso y pagaría gastos.
No fue así. Siguió sin pagar nada, pero además tampoco hacía ninguna compra de comida, y para más drama, dejamos de tener sexo. No me tocaba, sentía que no le atraía.
Pasamos de ser una pareja a ser compañeros de piso y además, manteniéndole yo a él. Todo esto provocó un malestar muy grande en mí. No me encontraba feliz. Me costaba todo en el día a día porque sabía que no estaba respetando mis límites. Lo que más daño me hacía es no entender por qué me estaba haciendo eso.
Pasaron un par de meses más y volví a sacar el tema. Esta vez estaba muy cabreada y reconozco que mis formas no fueron las mejores, pero es que él se vio con la potestad de decirme que era una exagerada, que tampoco le estaba manteniendo porque él se pagaba sus caprichos y su ropa.
No podía creerme lo que estaba viviendo y le di un ultimátum. Le dije que o pagaba ya los gastos de luz, agua y gas de ese mes, o tenía que irse de casa. Que a todos nos costaba mucho ganarnos el pan cada mes, y que yo iba ahogada.
Me volvió a llamar exagerada y quiso dejarme de loca, como no. Es más, quiso culparme a mí de la situación diciendo que por la bola que yo había montado, íbamos a separarnos. Noté que quería manipularme y esta vez decidí que no iba a poder conmigo.
Le ayudé a recoger sus cosas y le dije que podíamos ser amigos, pero cada uno en su casa. Hasta ahí duro nuestra relación. Por supuesto, no he vuelto a saber de él a día de hoy.
Todavía me cuesta creer que se estaba aprovechando de mí y que realmente no le importaba, porque en muchas ocasiones parecía lo contrario. Sin embargo, he de decir que desde entonces tengo una paz mental que había perdido con toda esta situación. Y, es que, si hay que elegir a alguien, me elijo a mí misma.
