Mi mejor amiga y yo somos muy diferentes. Se podría decir que en casi todo. Para empezar, soy cinco años mayor que ella, estudié una carrera, soy feminista (como creo que deberíamos ser todos), soy de izquierdas, creo en la lucha social, en que trabajar es bueno para la mente y reniego de la Iglesia. Ella, en cambio, siempre ha pensado que, si encontraba el amor de su vida, dedicarse a la casa y a los hijos era el camino normal. Y por supuesto, se declara de derechas y muy católica.
Lo bueno es que ni ella me juzga ni yo a ella. Y congeniamos infinito; es muy buena persona y podemos hablar de todo aunque no estemos de acuerdo. Nos lo pasamos muy bien juntas y siempre estamos la una para la otra.
Por eso, cuando me dijo que se casaba, me alegré muchísimo. Era lo que ella quería y compartí con ella su emoción. Y, por supuesto, me ofrecí a ayudarla en todo lo que necesitara.
Un día me dijo que quería que yo tuviera un papel muy importante el día de su boda. Dama de honor, testigo, ayudarla a vestirse, me sentaría en una mesa muy cercana a la de los novios… Y no me pudo hacer más ilusión. Nos dimos un abrazo eterno.
Tengo dos hijas, de cinco y seis años. Monísimas, ¿qué voy a decir yo?. Me dijo que quería que llevaran las alianzas y las arras. Y me encantó la idea. No solo yo tendría un papel en la boda, también mis hijas. Me emocioné muchísimo.
Además me dijo que les regalaba los vestidos y que los elegiríamos juntas. Así que una tarde quedamos para buscar vestidos y pasar la tarde juntas. Fuimos probándoles vestidos y yo entendía que era su boda y que era importante que a ella le gustaran. Preguntaba a las niñas para saber su opinión y yo me limité a opinar cuando me parecían demasiado incómodos para muchas horas.
Después de probar muchos encontramos unos perfectos, que a ella le encantaban, iban a quedar bien con su vestido, las niñas estaban felices y cómodas. Los tenían puestos cuando me fui a atender una llamada urgente. Cuando volví, estaban mis niñas sin sus gafas puestas (son miopes las dos, lo han heredado de mí). Mi amiga me preguntó si no estaban preciosas. Pregunté por las gafas y me dijo que estaban mejor así.
Respiré despacio. Contesté dulcemente que están preciosas con gafas y sin ellas, pero que las necesitan para ver. Mi amiga respondió que prefería que fueran sin gafas a la boda, que quedarían mejor en las fotos. Respiré de nuevo; no quería montar un drama en una tienda ni delante de mis hijas, y tampoco quería discutir con mi amiga. Dije que ya hablaríamos y cambié de tema.
Al día siguiente la llamé por teléfono de manera calmada. Le dije que entendía su planteamiento, pero que educar a mis hijas era lo primero y que la lección que les estaba dando de ir sin gafas no me parecía la correcta, que estaba dando más importancia a la estética que a ver correctamente, que para mí era muy importante que supieran que el físico no lo es todo. Me respondió que era su boda, que era el día más importante de su vida, que las niñas saldrían en millones de fotos y que con esas gafas iban a desentonar. Le ofrecí pagarle los vestidos y que fueran invitadas normales, que nos sentaríamos atrás si quería y que no nos pusiera en una mesa cercana a la suya. Me dolió tener que decirle eso, pero no quiero destrozar su día. Su respuesta fue como la mía el día anterior, que ya hablaríamos.
Pero han pasado dos meses y no hemos hablado. No me ha llamado y yo tampoco a ella. No sé qué hacer. Nunca hemos estado tanto tiempo sin hablar y no quiero perderla, pero tampoco quiero agobiarla con el tema, que sé que con la boda tiene mil frentes abiertos y me da miedo que, si la llamo, piense que es para echar más leña.
Quedan todavía tres meses para la boda y estoy realmente preocupada. No me arrepiento de mi decisión, pero no quiero perder a mi amiga.
