Me ha costado mucho decidirme a escribir esto. Llevo dándole vueltas a si tengo derecho a airearlo aunque sea de forma anónima pero he llegado a un punto en el que necesito una mirada externa que no sea la de la única amiga que sabe la historia, porque ella ya está demasiado contaminada para verlo con claridad.
Descubrí la infidelidad de mi marido hace unos meses. Las circunstancias del descubrimiento no importan demasiado, fueron las habituales, un descuido tonto suyo y una sospecha mía acumulada durante meses. Llevamos veintiún años casados, tres hijos, una vida que para cualquiera que nos viera era envidiable. Y de repente todo se desmoronó en una tarde.
Lo que vino después fue lo de siempre. Confrontación, lágrimas, terapia individual para mí, terapia de pareja después, decisión de intentarlo, recaídas en la rabia, intentos de perdón. Estamos en ese proceso, sin garantías de nada. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.
Quiero hablar de ella. De la otra. Porque en la fase más oscura del descubrimiento, en esas dos semanas en las que no dormía y no comía, hice algo que sé que no debería haber hecho. La investigué. Encontré su nombre en los mensajes, busqué su perfil de redes, me metí en su Instagram, leí sus tuits de los últimos cinco años, descubrí su trabajo, su edad etc
Esperaba encontrar a una mujer muy distinta de mí. La fantasía clásica de la otra que te imaginas joven, frívola, mediocre, con una vida vacía que llena seduciendo a hombres casados. Esperaba poder despreciarla y que el desprecio me sirviera como anestesia. Lo que me encontré fue otra cosa completamente distinta.
Esta mujer y yo somos prácticamente la misma persona. Leemos a los mismos autores. Yo descubrí a una autora coreana hace dos años que se convirtió en algo casi obsesivo para mí, y ella en su Instagram había recomendado el mismo libro con las mismas palabras que yo habría usado. Vemos el mismo cine, sigue las mismas cuentas culturales
Físicamente no nos parecemos especialmente, aunque sí compartimos algo en el estilo, en cómo nos vestimos, en cómo nos peinamos. Pero lo importante no es lo físico. Lo importante es que mi marido eligió a una mujer que es, en lo esencial, una versión paralela de mí. No me cambió por algo distinto. Me cambió por lo mismo en otro cuerpo.
Mi terapeuta me dice que pare de mirarla, que no me hace bien, que esa mujer es una desconocida y que la imagen que estoy construyendo de ella en redes no es real. Probablemente tenga razón. Pero hay algo en este descubrimiento que me ha cambiado la pregunta de fondo. Ya no me pregunto qué tenía ella que yo no tuviera. Me pregunto qué necesitaba él que yo no podía darle aunque fuera prácticamente la misma mujer. Y la única respuesta que se me ocurre es que necesitaba el escenario, no la persona.
Y la pregunta más incómoda de todas, si yo y ella somos casi la misma mujer ¿por qué sigo queriendo a un hombre que me ha cambiado por mi misma versión en otro cuerpo? ¿Qué dice eso de él? Y sobre todo ¿qué dice eso de mí?