Muy fuerte. A mí. Doña madraza, atenta, cuidadosa, responsable, organizada y controladora. Pues me ha pasado.
Fuimos una tarde a un centro comercial y quedamos con unos amigos. Nosotros tenemos un niño de 2 y pico y ellos, uno de 4 y una bebé. Nos sentamos a merendar y, al terminar, quisimos entrar a Primark a coger cuatro cosas rápidas. Vamos habitualmente, así que la expedición no parecía presentar mayores complicaciones. Dimos una vuelta, mi amiga cogió las cosas que necesitaba y se fue, sola, a la fila para pagar. Nos quedamos un poco apartados los otros tres adultos con los tres niños. No nos ganaban en número, nada podía fallar. Fue cosa de 15 segundos y deseo y confío (a pesar del susto que os supondría) en que más de una vais a darme la razón en que no hace falta más tiempo para perder al niño de vista.
Estaba a nuestros pies, a nuestro lado y al lado del carrito y, de repente, no lo vi. Le pregunté a mi marido, que quizá esta historia está centrada en eso y no en el casi infarto que me da al perder a mi hijo, pero él no sabía nada. De hecho, muy preocupado, tampoco lo vi. «Estaba aquí», me dice. Ya, ya sé que estaba aquí. Estaba, pretérito imperfecto de indicativo. Aba, aba, aba, en pasado. Estaba y ya no está, por eso te pregunto. ¿Puedes moverte con cierta rapidez y empezar a buscarlo?
Al ver que no estaba en nuestro perímetro cercano, empezamos todos a movernos. Los dos carros ahí olvidados con todas nuestras pertenencias. Mi marido dando vueltas, mi amigo con la bebé en brazos y el otro niño en la mano mirando por todas partes, mi amiga en la fila ajena a todo y yo corriendo como una loca dando voces por la tienda. Mi cabeza iba a dos mil por hora, que si los ascensores, que si el niño estaría llorando, que cuánto rato íbamos a tardar en encontrarlo. Nada. Yo gritaba, la gente me miraba, se agachaba a buscar a un niño, pero nada. Mi marido, como pollo sin cabeza, recorrió el mismo pasillo 4 veces hasta que le dije que, por favor, avisara al de seguridad. Y en esto, todavía sin encontrar al crío, me cae encima una bomba nuclear. «¿Qué ropa llevaba?», me pregunta mi esposo ahí parado, de pie, pasmado al lado del guardia de seguridad. Se lo grito a una distancia de un metro pero con un volumen que podría haber oído desde diez y sigo corriendo, pensando a la vez en mi hijo y en la cabeza llena de serrín de mi señor. Que luego mis amigas, contándolo entre risas, justificaban los nervios y el bloqueo pero yo, yo en ese momento casi le contesto que iba vestido con un vestido de faralaes y volantes rojos, para comprobar si él le transmitía esa información al guardia de seguridad.
Aviso a mi amiga. Pienso que es la única que puede ayudarme en ese momento. La tía se sale de la tienda corriendo, con el carro lleno de prendas sin pagar, porque se acordó de que antes habíamos estado en una tienda de juguetes. Yo, que suelo pensar que las cosas, por suerte o por un ángel de la guarda, siempre se acaban resolviendo, me decía a mí misma que sabía que el niño iba a aparecer, que él y nosotros nos habíamos despistado, pero nada más, que lo de un secuestro era demasiado para un viernes a las 7 de la tarde.
Y en esto, por fin, nuestro amigo grita que ya lo ha encontrado. A mi hijo, satisfecho, autoproclamándose el campeón del escondite, detrás de un perchero inundado de pijamas de señora. Y así acabamos la tarde de compras, él riendo, yo temblando y supongo que los clientes de Primark comentando en sus casas como si nunca les hubiera pasado a ellos, que es que a los niños no se les puede quitar la vista de encima ni un solo segundo.
