Os voy a contar una historia que le ha pasado a una conocida mía no hace mucho. No os voy a poner el destino al que fue, por si acaso. Pero digamos que no es un destino excesivamente habitual, porque ella va de muy alternativa y aventurera. Y como es muy guay, viaja sola, para encontrarse a sí misma, dice ella.
Estando allí, decidió que era una idea excelente vivir la experiencia de ir en quad por un terreno bastante irregular. Pongamos que unas dunas del desierto. La muchacha creyó que sería fácil y súper instagrameable pero no lo fue tanto. Se cayó y se rompió las dos muñecas.
La verdad es que es una muy mala pasada y encima, yendo sola, te ves impedida para cualquier mínima actividad de la vida diaria, desde vestirte hasta ir al baño.
Por ahorrarse dos duros, muy inteligente la muchacha, no se hizo seguro de viaje. No quería operarse en el país porque según ella era tercermundista el hospital donde la llevaron. Pero si quería ir al hospital “de ricos” tenía que pagar un pastizal. Y no se lo podía permitir, más sin tener seguro. No me informo del país al que viajo, pero tengo todo el derecho de quejarme después.
Total, que muy avispada, decide llamar a la embajada de nuestro país allí, para que la evacúen con todos los gastos pagados. Porque para eso ella paga sus impuestos y el Gobierno se tiene que encargar del viaje de vuelta. Viajar sin seguro es bien, pero exijo rescate VIP.
Y a ver, yo no tengo la versión de la embajada, sólo la de ella, pero el resultado es que, con mejores o peores palabras (y supongo que con los motivos pertinentes), se lo denegaron. Al final, su padre tuvo que viajar hasta donde estaba y encargarse de su vuelta.
Ahora se dedica explicarle a todo el mundo lo mal que la han tratado y que está poniendo quejas hasta en el boletín del colegio.
Y yo no puedo evitar flipar con el morro que tiene la colega. Hasta donde yo sé, el Estado no es tu niñera y las embajadas no son agencias de viajes para que uses a tu discreción. Eso no significa que las embajadas no deban ayudar, pero sí que esa ayuda tiene unos límites. Los protocolos de emergencia son para zonas en conflicto activo, no para irresponsables egoístas.
Viajar a ciertos destinos implica aceptar un riesgo. Si sufres un percance y no tienes seguro de viaje o de repatriación porque no te ha dado la gana gastarte el dinero, pretender que el contribuyente tenga que pagar tu vuelta porque eres un agarrado es tener mucha cara.
Y un poquito de responsabilidad, por el amor de Dios. Si no sabes que en el extranjero eres el responsable de tu propia seguridad, quizás no deberías salir de tu casa. Porque el pasaporte te da derecho a viajar, no a ser rescatado de tu propia tacañería.
Viajar implica descubrir el mundo, pero también asumir sus riesgos. Quizá lo verdaderamente absurdo no sea pedir ayuda, sino olvidar que, antes que viajeros, somos responsables de nuestras propias decisiones.
