Reproducimos testimonio que nos ha llegado a [email protected]
Recuerdo que había tenido una de esas reuniones de trabajo que te absorben la energía, y que salí de la oficina que no sabía ni qué día era, pero aún así no tengo excusa para justificar la que monté. El caso es que yo solo pensaba en llegar a casa, abrirme una cerveza y meter una pizza congelada al horno, así que pasé de coger el metro y pedí un über. Un toyota gris aparecería en cinco minutos, así que me senté en un banco y me puse a ver tik toks, como hace todo el mundo que espera un über. La app me marcaba que estaba al caer y, efectivamente, apareció un toyota gris y paró delante de mí. Abrí la puerta y me subí. El conductor me sonrió por el espejo retrovisor y ninguno de los dos dijo nada más que “hola buenas tardes”, porque me imagino que él tendría las mismas pocas ganas que yo de conversaciones sobre el tiempo o cualquier otra tontería.
Sí que recuerdo haber querido confirmar mi dirección con él, y él asintió, con cierto gesto como de duda, pero vamos, que asintió, así que yo me quedé tranquila. Además, en lo poco que habló ya me pareció notarle un poco de acento extranjero, así que lo achaqué a que quizá le había costado entender lo que le decía pero que al final lo había captado. Y todo parecía en orden hasta que de repente vi que tomaba un camino distinto al que tocaba. Al principio confié en su sabiduría de conductor de über, pero luego me di cuenta de que definitivamente no era el camino correcto. Nada de aquello me resultaba ni medio familiar, y entre todo el True Crime que veo en netflix últimamente y que estaba absolutamente desmayada de cansancio, la paranoia empezó a apoderarse de mí mientras veía que cada vez nos alejábamos más de la ruta a mi casa.
Me estaba poniendo nerviosísima, y juro que me temblaba la voz cuando le pregunté a ver si estábamos yendo por el camino correcto. Él me miró por el retrovisor, pero yo solo le veía los ojos, no el gesto de la cara, y por la mirada no supe ver si estaba a buenas o a malas, pero me dijo “es la ruta mejor”, confirmando un acento extranjero super fuerte. Desde luego que una ruta mejor no era, porque la ruta mejor te la dice google maps y waze, y esa ruta no sale por ningún lado, y esto intenté decírselo con el móvil en la mano, pero el tipo me hizo un gesto como para que no le distrajera mientras conducía. Yo con un sudor frío por toda la cabeza, ya me veía en medio de un descampado tirada, muerta, o en un quirófano clandestino con una raja por donde me hubieran quitado los órganos. Una taquicardia y un sofoco que se tenían que oler a kilómetros, y el conductor como si nada, él a lo suyo. Iban pasando los minutos, que a mí me estaban pareciendo horas, y decidí arriesgarme y llamar al 112. En ese momento el tío frenó casi en seco y se dio la vuelta para decirme algo en tono como de urgencia, a un volumen bastante alto. Yo, convencida de que me había visto las intenciones, ya me cagué viva. No le entendía lo que me estaba diciendo, pero no me hacía falta. De repente sonó mi móvil, conmigo al borde de un infarto, y era una notificación de über: “Tu conductor te está esperando fuera”.
Miré al conductor, luego al móvil, luego al conductor, luego al móvil, y por fin caí en la cuenta. Me había subido a otro über. El sudor de miedo se convirtió en sudor de pura vergüenza. Le pedí perdón y le expliqué muy despacio lo que había pasado. El tío empezó a partirse el culo y, ya parados, pudo expresarse un poco mejor. Lo mejor de todo es que él no era ningún über, sino un tío cualquiera al que le había mandado su hija a recoger a una amiga, que, obviamente, él no conocía, en esa misma esquina. La cagada había sido de los dos, en definitiva. Nos dio muchísima risa la situación, la verdad, y todo esto mientras me devolvía a la dichosa esquina donde había ocurrido el malentendido. Cuando me bajé, ahí estaba mi über. Llegué a casa todavía más cansada, pero con una anécdota que cuento cada vez que me subo a un über.
