Mi marido y yo habíamos pensado muchas veces en la adopción como opción a nuestra maternidad/paternidad. Por un accidente de coche a mí me habían practicado una histerectomía con apenas 27 años y sabíamos que, de ser padres lo haríamos a través de la adopción.
He pensado muchas veces en abrir este hilo en vuestro foro porque siempre leo mucho sobre maternidad en vuestra web pero casi nunca se habla de adopción. Entiendo que no es lo más habitual y en muchos casos las mujeres que criamos a nuestros hijos tras haberlos adoptados tendemos a guardar esa especie de secreto. Creo que en parte porque la sociedad nos ha enseñado a llevar este tema como un tabú más. ¿Cómo vas a criar un hijo que no es de tu sangre? Vale, será tu hijo pero no al 100%.
Tuve muchos miedos cuando empezamos a trabajar de lleno en los expedientes para la adopción. En muchas ocasiones llegué a plantearme decirle a mi marido que ya era suficiente, que podríamos vivir felices los dos solos hasta envejecer y morirnos juntos. No sabéis la cantidad de entrevistas a las que tuvimos que acudir, la cantidad de documentación que nos solicitaban progresivamente. Muchas veces me sentí prácticamente como una delincuente que debía demostrar su inocencia ante la ley.
Después me paraba a pensarlo y en parte comprendía todo. Entregar un niño a alguien no es ninguna tontería. No es quererlo y tenerlo, habrá que demostrar ciertas garantías. Aunque también he de decir que la adopción, en muchos casos, está pensada para familias ricas y pudientes. Un niño puede ser feliz en un entorno donde no reine el dinero pero sí el trabajo, la educación y por supuesto, el cariño. Y en más de una ocasión tuve la impresión de que mientras tuviésemos dinero en el banco y pudiésemos demostrarlo, lo demás se quedaba un poco en un segundo plano.
Pero a parte de todo esto, el mayor de mis miedos era no sentir ese vínculo con mi hijo/hija. Había leído muchísimas experiencias de padres y madres adoptivos que contaban cómo habían vivido aquel instante en el que vieron por primera vez a sus hijos en persona. Ese momento único en el que supieron que la conexión sería para siempre. No podía entender cómo podía darse esa conexión ante una personita a la que veías por primera vez. Estaba realmente aterrada. Mi marido decía que al igual que sucede cuando das a luz, ese instante tiene que ser único. Pero ¿dónde se quedaba ese vínculo creado durante el embarazo? Era un mar de dudas.
Optamos por adoptar una niña en China. Habíamos investigado diferentes opciones y finalmente nos pusimos en contacto con una agencia de este país. Tras hacerles llegar toda la documentación y pasar por todas esas entrevistas hubo un tiempo de silencio total. Ese periodo en el que ellos te dicen que todo está bien y que se pondrán en contacto cuando sea el momento. Esos meses en casa fueron como un corazón que late en una habitación completamente silenciosa. Tensos, rítmicos, a veces disparados. Cada vez que sonaba nuestro teléfono o recibíamos un correo electrónico de madrugada pensábamos en que había llegado el momento. Estábamos deseando que ocurriera pero también vivíamos con ese miedo total a lo que estaba por llegar.
Tenía una bonita habitación preparada para mi hijo/hija. Estaba completamente vacía, apenas había comprado un par de muebles para que aquel cuarto al menos hiciese referencia a un futuro bebé. Me gustaba entrar allí e imaginarme la vida que tendría en algún momento. Esos meses previos a la adopción tuve hasta miedo a entrar, terror a gafar la situación y que nuestros teléfonos no sonasen jamás.
Pero el día llegó. Amanecí una mañana y mientras me preparaba el primer café de la mañana revisaba mi bandeja de entrada. Un mensaje de la agencia de adopción. Yan, una niña que no llegaba a los tres meses, nos estaba esperando. Avisé a mi marido de lo que acababa de ocurrir y en seguida, de alguna manera, cambiamos el chip.
De pronto nuestra hija tenía nombre, nos empezaron a llegar fotografías de la pequeña, comenzamos a saber mucho más sobre ella. Yan estaba ya a prácticamente un paso de tener una verdadera familia. Me dormía cada noche pensando en cómo sería ese momento de abrazarla, de tenerla ya a mi lado y de hacerla la niña más feliz del mundo.

Planificamos nuestro viaje a China lidiando por supuesto con una terrible cantidad de burocracia. Debíamos pasar aproximadamente un mes en el país para dejar bien atados todos los trámites con respecto a la adopción, pero desde la primera semana tendríamos con nosotros a Yan. En cuanto nuestro vuelo tomó tierra en el aeropuerto sentí ese hormigueo tan solo notable cuando los nervios se disparan al máximo. Lo único que necesitaba era abrazar a mi hija para no soltarla nunca. Mi pequeña Yan.
Pasaron tres días hasta que al fin visitamos el centro donde se encontraba nuestra pequeña. Una mujer nos hizo esperar unos minutos en una sala vacía donde apenas había algunas sillas y una máquina de bebidas. Mi marido y yo nos mantuvimos en silencio, lo único que hacíamos era mirarnos de vez en cuando como intentando decirnos que todo iría bien. Sonreía y me mordía el labio, el corazón se me disparaba una vez más.
Se escucharon unas voces en el exterior y al segundo la puerta se abrió. Otra mujer diferente llevaba en brazos una manta de color amarillento y balanceaba con mimo al bebé. Pronunció unas palabras y después entendí que decía el nombre de la pequeña y en seguida se acercó a mí para ponerla sobre mis brazos. Yan dormía plácidamente, una ternura de bebé con la cabeza peloncita y la piel más increíble que había visto en mi vida. Lo sentí, ese chasquido de amor que desde entonces mantiene viva a la familia de tres que hemos construido junto a nuestra pequeña. Me aferré a ella y le di la bienvenida, le susurré al oído presentándome como su mamá y prometiéndole la vida que todo niño se merece. Sí, el amor incondicional existe también en la adopción y yo doy completa fe de ello.