La relación más intensa que jamás he tenido y ha sido sin siquiera tocarnos.
Jamás nadie me había despertado semejante curiosidad, nerviosismo, ansiedad…
Todo con pocas líneas de texto. Siempre por mensaje. Nunca a la cara.
A la cara éramos tímidos. Un par de desconocidos a ojos de cualquiera, pero para un buen observador hubiéramos sido esos dos que actúan como que no se conocen pero están pendientes el uno del otro, que son incapaces de no mirarse de reojo y sonreír en la distancia.
Movimientos muy calculados y nunca dejándose llevar.
Años arrastrando esta dinámica de tira y afloja, de perseguidor y perseguido.
Ni contigo, ni sin ti.
Esa jaula.
Nos faltó toda la valentía que desprendíamos por mensaje. Ahí, el mundo que explorar se nos hacía pequeño y consumíamos las horas con orgasmos solitarios a kilómetros de distancia.
Insaciables, curiosos, confiados…Puse mi integridad en tus manos. Te dejé el mando y me vi atravesando una avenida llena de gente, sin bragas y muy mojada, solo deseando que estuvieras esperándome al final de la calle para comerte a besos. Por una fantasía tuya.
Imaginamos esas escenas todas las noches y prometíamos cumplir todo en cuanto nos viéramos.
Descubrimos fetiches juntos.

Te dejé decirme tantas cosas que nunca hicimos y esperé.
Tantas cosas con las que me he recreado estando sola…
Y por fin quedamos. Y se apagó antes de empezar.
La hora nunca llegó porque te fuiste sin más.
Sin tocarme, sin hacerme estallar, sin querer herirme pero haciéndolo igualmente.
Con una mochila llena de promesas y mis bragas en el bolso, obligándome a recoger mi dignidad y dependencia, te dije adiós… pero nunca te olvidaré. Para bien y para mal.
Reconozco que fue un fuego difícil de apagar ya que te esmeraste demasiado en prenderlo.
Y hoy, a pesar de todo, miro al pasado y no me arrepiento ya que he aprendido de la experiencia.
Y tú, no te mereces mis bragas por mucho que yo quisiera dártelas.