Estoy hecha una experta en bodas. En los últimos tiempos, pongamos menos de diez años, he asistido a una docena de enlaces matrimoniales. O más. (Sí, la gente se sigue casando, yo no lo acabo de entender, pero quién soy yo para juzgar a nadie…) Bodas de todo tipo. De alto copete, rurales, heteros, homos, de familia, de amigos, de compañeros de trabajo…
En general, me lo suelo pasar bien. Es como una fiesta con gente a la que quieres y con la que te llevas bien. Comida, bebida, bailoteo… La actitud la pones tú, así que si quieres pasar un buen rato pues lo haces y todo fluye.
Pero después de tantas bodas, me doy cuenta qué parejas se han tomado en serio la celebración, planeando hasta el último detalle, y quién usa la boda para pegarse una fiesta y recaudar dinero, que también los hay.
El regalo que suelo hacer a los novios es dinero. No nos vamos a engañar, es lo que les viene bien. Lo adorno con una tarjeta bonita y algún escrito que llegue a la patata, pero el dinero es el regalo estrella. Mi modus operandi suele ser informarme del lugar en el que se celebra el banquete para intentar averiguar aproximadamente lo que vale el cubierto. Pero, vamos, que casi siempre, el presente suele ser la misma cantidad, euro arriba, euro abajo.
Y suelo estar satisfecha con mi regalo cuando veo que el cóctel es variado, abundante y de buen gusto (sobre todo sino falta el cortador de jamón, que para mí es religión). Y cuando los platos están buenos, son generosos y de preparación y presentación correctas (no pido estrellas Michelin, pero un mínimo, ¿me explico?), mi decisión queda reforzada.
No obstante, en alguna ocasión, el menú ha resultado bastante decepcionante. Aperitivo con coquetas demasiado hechas, ensaladilla rusa tirando a seca y un surtido de embutido que parece sacado del súper de la esquina, y que no lleva mortadela con aceitunas de milagro. Y luego te ponen una ensalada sin aliñar con una vieira congelada encima y un filete ahogado en salsa de Oporto para que no se note que la calidad y la cocción dejan que desear. Aunque se nota.
Y entonces a mí me asaltan las dudas. ¿Este menú se merece el mismo estipendio que otro que haya sido más cuidado? ¿Pagas acaso lo mismo por un menú de diario que por uno de degustación? Si los novios no han mostrado mucho interés en agasajar a sus invitados, ¿tengo que tener yo el mismo interés en hacerles el regalo?
Pues últimamente, para escándalo de mi hermana, he decidido regalar en función del menú, dándole al dinero que regalo el valor que tiene para mí ganarlo. Me aseguro de tener billetes pequeños para meterlos en el sobre. Que me van gustando los platos, el sobre permanece cerrado durante el convite, hasta el momento de hacer entrega de él.
¿Que el aperitivo está regulinchi? Discretamente el sobre se abre y pierde unos billetes. ¿Que el primero es soso? Algún que otro billete sale. ¿Qué el segundo no está bueno? El sobre, mágicamente, se vuelve a abrir. Y no siento ningún tipo de arrepentimiento ni vergüenza.
Mi hermana dice que es una falta de respeto, pero, chica, qué quieres que te diga, yo, como invitada experta en bodas que soy (la experiencia es un grado), creo que merezco el respeto de ser correctamente agasajada. Y si no, ¿para qué me invitan?
