Quiero contaros mi experiencia de aquella noche en la que comprendí que la baja autoestima sumada al hijoputismo da como resultado un trauma a superar. Puede que después de leerme muchas penséis que exagero o que podía ser peor, pero personalmente os puedo asegurar que han pasado casi veinte años y todavía recuerdo aquella noche como la mayor mierda de mi vida.
Tenía 17 años, todavía no había terminado el instituto, y llevaba unas semanas mensajeándome por sms con el compañero de clase de una amiga mía. Ella me había pasado su número porque me parecía un chico muy mono y él, aunque no caía muy bien en quién era yo porque no íbamos al mismo insti, aceptó que me lo diera.
Recuerdo perfectamente enviarle con nervios el primer sms, esperar ansiosa su respuesta… y a partir de ahí empezar una especie de relación extraña en la que cada día nos dejábamos la paga en recargar el móvil. Aquel niño tan monísimo resultó que además era un encanto que tanto podía ser majo, como gracioso o incluso soltarme alguna barbaridad picantilla que me ponía muy tontorrona.
Los fines de semana quedábamos todo el grupo y mi amiga, su compañera, siempre me traía noticias sobre lo loquito que lo tenía, que no dejaba de hablar de mí, que estaba ansioso por conocerme en persona… Yo estaba en el mismo punto así que le pedí que el lunes siguiente le llevase una nota escrita de mi puño y letra en la que le pedía que nos encontrásemos la noche del sábado, que saldríamos de fiesta, en un pub de la ciudad.
Aquella noche parecía que todo mi mundo giraba en torno a mi cita. Mis amigas llevaban toda la semana poniéndome nerviosa, todas teníamos tan tan claro que esa noche él y yo tendríamos algo, que realmente cuando pasó lo que pasó ninguna supo cómo reaccionar.
Eran las dos de la mañana, veníamos de tomarnos una cerveza y me temblaban las piernas muchísimo. Entramos en el pub en el que habíamos quedado y rápidamente mi amiga, su colega, levantó una mano al localizar a todos sus compañeros. Mi corazón iba a mil por hora y más cuando al fin lo vi. Mis amigas me animaban, yo temblaba, él no se acercaba, nada pasaba.
En mi cabeza me había imaginado aquel momento como un instante precioso en el que yo lo miraba y él me sonreía mientras venía hacia mi. Pero no pasó eso, hubo silencio y miradas de circunstancia. Hubo una amiga que vino directa para llevarme fuera del local y decirme sin cortarse que ‘le caes muy bien pero cree que eres muy gorda’.
Tuve que comerme el orgullo porque era lo que había, era verdad, joder con tanta emoción y ánimos había olvidado que era una gorda y que las gordas no molan. Aunque seas muy simpática, aunque le caigas genial, aunque le pongas por teléfono. Eres muy gorda y es normal que te rechace, ¡mira qué decepción se acaba de llevar el chaval!
Seguí bailando intentando recoger del suelo los pedazos de mi cuerpo. Sonreía y bailaba canción tras canción como si no hubiese pasado nada. Quería llorar, quería irme a mi casa, quería desaparecer. Fui al baño y me miré al espejo, recuerdo mirarme con odio por fea y gorda.
Al salir pasé por su lado, me miró de arriba a abajo y no me saludó. Ni siquiera me saludó. Joder.
Pasaba la noche y en plena decepción un amigo de aquel chico se me acercó como queriendo tender un puente contra las hostilidades. Empezó a comerme la oreja con que si él es un cabrón, que si no eres tan gorda, que si él no tiene ni idea. Me dejé llevar y al cuarto cumplido me dijo que un colega de ellos quería tema conmigo. Me lo presentó, era un chaval alto, de pocas palabras, y muy borracho.
No me lo pensé ni un poco y antes casi de que me dijera su nombre nos empezamos a enrollar. Allí, delante de sus amigos, de mis amigas, de él. Allí estaba la gorda enrollándose con el borracho de turno. No me apetecía ni un poco, en aquel momento también quería vomitar. Pero la presión del ambiente me hizo seguir.
Al rato aquel chico me pidió que saliésemos a sentarnos en la calle. Le hice caso y le seguí. Al principio nos sentamos junto al pub, casi ni hablamos, todo eran sus movidas raras y mis ganas de irme a casa. Le dije que quería volver dentro, que estaba pensando pirarme, y entonces me pidió que lo acompañase un poco más arriba en aquella calle a comprar tabaco. Se levantó y pensé que no pasaba nada por acompañarlo. Me agarró de la mano y fuimos calle arriba.
Llegamos a un tramo estrecho muy oscuro y entonces paró. Me agarró muy bruscamente la mano y se la llevó directamente a su paquete. Le pregunté qué carajo estaba haciendo y entonces me pidió al oído que se la chupara un poco. Le dije que no, que ni de coña, pero no me soltaba. Mi mano seguía encima de su polla. Le pedí que me soltara y entonces me dejó claro, en voz baja, que si no lo hacía no me dejaría marcharme.
Miré a cada lado de la calle, no había nadie, quería gritar pero no serviría de nada. Aquel chico era fuerte y yo tenía sobre todo, miedo. Me empezó a acariciar el pelo y la cara y yo despacio bajé hasta acercar mi cara a su entrepierna.
Nunca he sentido tanto asco. En aquel callejón olía a pis, a mierda. Él repetía una y otra vez lo bien que se lo estaba haciendo. Yo lloraba, solo lloraba. Fueron unos minutos horribles. Después, apartó mi cara muy brusco y lo vi limpiarse con un pañuelo. Me volvió a tocar el pelo y lo único que pudo decirme fue un ‘gracias bonita’ que no puedo borrar de mi cabeza.
Yo seguía agachada en aquella esquina. Él se abrochó el pantalón y sin esperarme volvió calle abajo dando bandazos. Me quedé unos minutos allí sentada, dándome asco y pensando en lo mierda que era.
Bajé despacio y solo entré en el pub para recoger mi chaqueta y decirle a mis amigas que me iba a casa. No fui capaz de contarles lo que me acababa de pasar. A la mañana siguiente tenía un moratón feísimo en la muñeca por la que aquel hijo de puta me había agarrado. Y lo peor no fue solo eso, sino que a la semana siguiente llegó hasta mi instituto que yo era la guarra que se le había chupado en plena calle a fulanito.
Lo fui hasta que terminamos el curso. Lo fui para mucha gente. La gorda chupapollas. Solo mis amigas me creían, y aun menos mal.
Tenía solo 17 años, y aquella mamada fue mi primer contacto sexual. Tardé muchos años, muchos, en recuperar las ganas de fiarme de un hombre. No quería saber nada ni de romanticismo ni de aventuras de una noche. No fui capaz de entrar más veces en aquel pub que tanto me gustaba, me aterraba volver a cruzarme con aquel imbécil.
Ahora soy madre de una niña y solo espero que jamás tenga que pasar por algo como lo que yo sufrí, que sea más fuerte y valiente, que sepa que en el mundo hay abusadores en cualquier esquina. Que no se fíe de nadie, ni de su sombra. Es triste pero es así, es el mundo en el que nos ha tocado vivir.
Disculpad el tocho de texto. Un abrazo a todas.