Vivo en un pueblo pequeño, de esos donde todos nos conocemos y donde lo más habitual es que todo el mundo se entere de las discusiones que tienes con tu pareja sean a la hora que sea, de la última borrachera conquistada y hasta del último peo que te has tirado. Si, un pueblo de los de las viejas del visillo. Aquí nada se queda en privado, y eso no es nada nuevo.
La cuestión es que hay un matrimonio, mal avenido desde el principio, concretamente el hermano de mi cuñada, que se está divorciando porque, según cuenta él (y medio pueblo), ha pillado a su mujer follando con un compañero de trabajo. Por todos es sabido que este hombre tiene la entrepierna ligera, pero ahora lo que corre como una mala novedad es que a ella la han visto en un coche metiéndose mano con el otro (que, por edad, podría pasar perfectamente por su hijo), mientras el marido estaba trabajando.
Como ella “la ha cagado”, ya he escuchado a más de uno decir que el pobrecito ha trabajado mucho para darle una buena casa y un buen coche a esa “guarra”. Así, sin matices ni vergüenza.
Cada día que pasa, ella se va convirtiendo en el ogro de la historia y él en el caballero herido. Y mi rabia crece al mismo ritmo que ellos se metamorfosean en sus papeles, porque hay un secreto que no puedo contar pero no me parece justo dejar que él mantenga su imagen limpia cuando yo sé, de primera mano, que no es el santo que quiere parecer.
Como os decía, yo mientras la gente opina me muerdo la lengua, porque llevo años recibiendo insinuaciones y mensajes calientes por su parte. Yo los he obviado o he respondido con alguna gracia para quitar hierro, pero soy muy consciente de que, si yo hubiese querido, el cuento que ahora circula por el pueblo sería bastante distinto.
La enjundia de esta historia es precisamente esa: lo sé, pero no puedo contarlo. Porque en algún momento le seguí un poco… bueno, bastante, el rollo, y temo que él pueda sacar algún material “confidencial”. Así que aquí estamos, tragando saliva y asistiendo en silencio a esta maravillosa obra de teatro.
Cada día tengo más claro que, para triunfar en el pueblo, no hay que ser decente. Lo importante es parecer el angelito de la función de fin de curso, aunque guardes en el móvil más fotos de tías en pelotas que el catálogo completo de las amigas de Ábalos.
