Mi marido y yo llevamos ocho años de relación. Durante este tiempo, como cualquier pareja, hemos tenido nuestras idas y venidas. Él es una persona muy noble, generosa, alegre y extrovertida. Yo, en cambio, soy más seria, pero también muy leal, servicial y siempre estoy pendiente de las personas a las que quiero y de lo que puedan necesitar.
Los dos últimos años han sido especialmente complicados para nosotros. Mi marido perdió su trabajo y, a raíz de ello, comenzó a mostrarse muy desmotivado. Considero que esa situación se mezcló con un estado depresivo, ya que dejó de implicarse tanto en el día a día. Pasaba gran parte del tiempo en el sofá, jugando a la consola o invitando a un amigo a casa, mientras que prácticamente todas las responsabilidades del hogar recaían sobre mí.
Esta situación fue desgastándome poco a poco. Yo asumía todas las tareas y responsabilidades, mientras él justificaba su actitud diciéndome que se sentía deprimido. Además de esa falta de implicación, empecé a notar que estaba cada vez más distante emocionalmente.
En medio de esa etapa de altibajos, descubrí una conversación que mantenía con una antigua pareja o «rollo». La conversación estaba parcialmente borrada y daba la impresión de que eliminaba los mensajes cada vez que hablaba con ella, lo que hizo que desconfiara de la situación.
Cuando le pregunté, me aseguró en repetidas ocasiones que no había existido ningún tipo de tonteo ni intención de mantener una relación con ella. De hecho, al día siguiente volvió a hablar con esa persona delante de mí y me permitió leer la conversación. En ella, la mujer —que también está casada— le proponía que dejaran de hablar para evitar que esa comunicación pudiera generar problemas o discusiones en sus respectivas relaciones.
Después de aquel episodio me costó mucho volver a confiar en él. Aun así, decidí darle un voto de confianza e intentar seguir adelante con la relación.
Con el paso del tiempo empecé a notarlo cada vez más distante, menos implicado en la relación, más indiferente y con menos paciencia conmigo. Como consecuencia de esa inseguridad, reconozco que yo también cambié mi forma de actuar. Me volví más controladora: me molestaba cuando hablaba por WhatsApp, desconfiaba cuando quedaba con amigos y, cada vez que lo percibía distante, entraba en estado de alerta. Sin embargo, él siempre me aseguraba que no le ocurría nada y negaba que hubiera ningún problema.
Aproximadamente un año y medio después, volvió a coincidir con una antigua compañera de clase. Empezaron a hablar por mensaje y, de vez en cuando, quedaban para tomar un café. Aquello me despertó muchas inseguridades y le expresé que esa relación me resultaba extraña. Él insistía en que solo eran amigos y, de hecho, me decía que cuando quisiera me la presentaría.
Pocas semanas después me dijo que se sentía muy agobiado y que necesitaba tiempo. Como consecuencia, me marché temporalmente a vivir a casa de mi madre, donde permanecí durante tres meses.
Durante ese tiempo nunca dejamos de tener contacto. Hablábamos prácticamente todos los días, seguíamos viéndonos e incluso acudimos a terapia de pareja. A pesar de ello, yo seguía notándolo emocionalmente distante. Le costaba invitarme a casa o plantear la posibilidad de volver a convivir.
Mientras tanto, él continuaba manteniendo contacto con esta compañera de clase y seguían viéndose ocasionalmente. Me comentó que ella había empezado a conocer a otro chico, también perteneciente a su antiguo grupo del colegio. Yo seguía sintiendo muchos celos y le preguntaba constantemente si esa chica influía en su decisión de habernos separado temporalmente o si sentía algo por ella. Él siempre lo negó.
En una ocasión fuimos a comer juntos y, de manera casual, nos encontramos con ella. Estaba acompañada del chico con el que estaba empezando una relación. Ella saludó con total naturalidad a mi marido y él me la presentó. Por parte de ella no percibí ninguna actitud extraña; sin embargo, sí noté a mi marido especialmente serio. Él ya me había comentado que, desde que ella había empezado a conocer a ese otro hombre, hablaban bastante menos.
Pocas semanas después decidimos volver a convivir. Las primeras semanas fueron muy positivas y sentía que estábamos recuperando nuestra relación.
Sin embargo, una noche ocurrió algo que volvió a hacer tambalear mi confianza. Estábamos utilizando una herramienta de inteligencia artificial para hacer diseños de cómo podría quedar nuestro salón y vi que tenía una conversación guardada con el nombre de esta chica. Le pedí que la abriera y, en un primer momento, se negó. Tras insistir y mostrarle mi enfado, finalmente accedió.
La conversación era de apenas tres días antes. En ella explicaba a la inteligencia artificial la historia con esta chica. Contaba que habían vuelto a coincidir, que habían sentido una conexión especial, que hablaban prácticamente a diario e incluso planteaba que había percibido cierto tonteo entre ambos. También preguntaba por qué ella había cambiado de actitud desde que había empezado a conocer al otro chico, ya que, según él, había dejado de escribirle con la misma frecuencia.
Leer aquella conversación me hizo muchísimo daño. Sentí que, mientras yo pensaba que únicamente existía una amistad, él había llegado a plantearse que podía existir algo más por parte de ambos y que, además, le preocupaba que ella hubiera dejado de prestarle atención. Cuando se lo reproché, reaccionó a la defensiva. Me dijo que aquella conversación era privada, que yo no tenía por qué leerla y que simplemente había preguntado por curiosidad porque estaba aburrido.
Desde ese momento empecé a preguntarme si realmente había decidido retomar la convivencia conmigo porque esa chica comenzó una relación con otra persona y comprendió que no tendría posibilidades con ella. Él niega rotundamente esa interpretación y, siempre que saco el tema, termina enfadándose.
A día de hoy sigo teniendo dudas que me cuesta gestionar. Hay pequeños detalles que alimentan mi inseguridad, como la sensación de que intenta pasar con frecuencia por la calle donde vive esta chica, algo que antes no hacía, o determinadas actitudes que me hacen pensar que todavía la tiene presente. También sospecho, aunque no tengo ninguna prueba, que podrían seguir hablando más de lo que él reconoce. Yo suelo acostarme antes que él y, con frecuencia, entra en la habitación para comprobar si estoy dormida. Ese gesto me hace preguntarme si espera a que me duerma para hacer algo que sabe que podría molestarme.
Soy consciente de que parte de estas dudas nacen de la pérdida de confianza que se produjo durante estos últimos años y de las experiencias que hemos vivido. Sin embargo, me resulta muy difícil distinguir hasta qué punto mis sospechas responden a hechos objetivos o hasta qué punto son consecuencia de una confianza que todavía no he conseguido reconstruir.
