Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Tengo 45 años y creo que ha llegado el momento de asumir que no he conseguido mis objetivos en la vida. Es un poco triste, pero si no lo asumo ya, todo será más complicado.
Escribo aquí para desahogarme y encontrar comprensión, porque entiendo que no soy la única en esta situación. En mi círculo, me da vergüenza admitirlo porque siento que no me van a entender.
Cuando tenía 17 años y tocaba decidir qué hacer con los siguientes años, yo andaba muy perdida.
Tengo amigas que tenían vocación y tenían claro qué querían ser: profesoras, médicas, enfermeras, ingenieras, farmacéuticas, químicas… Y sabían qué querían estudiar. Otras sabían que querían ir por otros lados y ya estaban pensando en aprender peluquería, idiomas o cursos muy aplicados a encontrar trabajo rápido. Las últimas no tenían una vocación tan clara, pero les gustaba algo mucho y se iban a enfocar en ello: matemáticas, historia, arte… Soy consciente de que aunque casi todas vendieran seguridad, muchas no lo estaban del todo y estaban eligiendo un camino porque en ese momento hay que elegir.
Yo no me sentía cómoda en ninguno de los grupos anteriores, ni un poquito. Me gustaban las matemáticas, sí, pero no demasiado. Me gustaba leer, también, pero tampoco me volvía loca. No tenía vocación ni nada se me daba especialmente bien ni especialmente mal.
Lo que sí entonces ya era una romántica y me veía encontrando el amor de mi vida, casándome y teniendo hijos. No esperaba ser ama de casa; me imaginaba con un trabajo normal y lo importante era mi vida fuera.
Acabé estudiando Económicas. No lo pasé mal y tampoco lo disfruté demasiado. Al terminar, encontré un trabajo normal con el que poder independizarme y seguir el curso de la vida adulta.
Cada vez tenía más claro que lo que quería en la vida era encontrar el amor verdadero (sí, quizás había visto demasiadas películas), casarme y tener hijos. Fui encadenando relaciones fracasadas, pero siempre me mantenía optimista. En cada cumpleaños, al soplar las velas, pedía el mismo deseo.
Cuando mis amigas empezaron a tener hijos, me planteé congelar óvulos, pero siempre pensé que tendría margen. Después, algunas amigas fueron madres solteras, pero yo seguía confiando en que tendría niños con el amor de mi vida.
Los años iban pasando y, sin darme cuenta, tengo 45 años, un trabajo que no me apasiona y no tengo ni pareja ni hijos. No tengo una mala vida, no me puedo quejar, tengo muchos amigos, hago muchos planes, viajo, tengo sobrinos. Todo, en teoría, está bien.
No he conseguido lo que quería. Y es triste. Todavía creo que puede llegar el amor verdadero, pero tener hijos juntos biológicos se complica. No me cierro a nada, pero estoy cansada de esperar, de pensar que la vida es otra cosa y no terminar de disfrutar lo que me ha tocado.
Asumo que el problema es mío, que quizás debí ser madre soltera, o buscar un trabajo que me emocionara, o encontrar ayuda para organizar mi cabeza y mis perspectivas. Para algunas cosas voy tarde, ya lo sé, pero para otras no.
Voy a intentar superar el duelo por la vida que nunca tendré y voy a pelear por disfrutar la que sí tengo.
