Empecemos por el principio, no siempre fui gorda, cuando era pequeña estaba muy delgada; los problemas familiares, la pobreza y la mala alimentación que conlleva me hicieron engordar.
La adolescencia… Ahí es donde comienza el problema, con 13 años pesaba 90kg medía 1,55. Yo, que era una niña un tanto cándida no sabía que estaba gorda hasta que una amiga me dijo que éramos muy guapas aunque estuviésemos gordas. Así me abrió los ojos, mi amiga, sin quererlo, intentando subir mi autoestima, cambió mi mundo. Empecé a fijarme en lo que decían los demás, mi madre se quejaba con mi hermana fuera del probador porque no me entraba nada y no sabían dónde comprarme la ropa, algún compañero dijo alguna vez algo, pero como tengo mucho desparpajo les cerraba la boca. A los «¡mira, una morsa!» respondía con «!mira, una persona con una vida tan triste que se tiene que meter con los demás¡».
Y así, fui creciendo, caí en la anorexia a los 16 y adelgacé 35kg. Nadie en casa se dio cuenta, mis padres trabajaban y mi hermana y yo no comíamos a la misma hora. Yo misma, cuando me vi bien paré.
Así pase mis veintes, adelgazando y engordando, siendo la amiga gorda a ratos.
Llegamos a mis recién estrenados 30 y peso 98 kg, mido 1,66 (pegué un estirón). Peso más que nunca, me veo peor que nunca y no lo acepto. ¿Qué veo detrás de todo el body positive? Pues que es estupendo, pero para otros, yo quiero estar delgada, he empezado una dieta aunque de salud estoy estupenda. Mi única motivación es el físico. A día de hoy no puedo mantener relaciones con mi pareja sin quitarme la camiseta, de hecho, nunca me la he quitado delante de él. No voy a la playa para no ponerme en bañador, llevo faja y me descubro a mí misma odiándome.
Soy mi peor enemigo, no quiero estar gorda. El problema es no aceptarme, el problema es no quererme, el problema es poner mi físico por delante de lo demás.