Me encanta comprarme lencería, es uno de los caprichos que me sigo dando después de haber sido mamá. A mi marido también le gusta y nunca me pone pegas por comprar de más y ni nada perfecto, encantado con mi «obsesión»
Hasta aquí todo perfecto pensaréis.
Voy al grano. Los dos trabajamos y desde que tenemos el bebé mi suegra nos echa una mano en casa y con el niño, yo encantada de verdad, es algo que siempre le agradeceré. El problema viene porque ando notando que me faltan prendas de lencería, tangas, bodys… todo nuevo con etiquetas si haberlo estrenado.
Pues el otro día estando de visita en casa de mi cuñada veo que tiene en el tendedero de la terraza dos tangas y un sujetador iguales a los que me habían desaparecido. Como ella es conocedora de mi debilidad por la ropa interior no se extrañó cuando le pregunté donde los había comprado ya que me parecían muy bonitos y cual es mi sorpresa que me dice que se los a regalado su madre. Os podéis imaginar mi cara, logro disimular porque prefiero comentárselo primero a mi marido. Y su solución es que pongamos cerradura a nuestra habitación.

No estoy de acuerdo, le he dicho que hable con su madre y le diga que no pasa nada pero que no lo vuelva hacer, pero se niega, dice que se va a enfadar y va a dejar de venir y claro nos hace falta para cuidar al niño. Me dan ganas de hablarlo yo con ella, pero me lo ha prohibido mi marido y que tampoco se me ocurra decirle nada a su hermana.
El dinero que me ha costado de verdad que no me importa es el hecho que me esté robando y por lo que veo voy a tener que seguir aguantándolo.