Cuando me preguntan que si quiero ser madre esperan de mí que no lo niegue, que al menos dude o que con 36 años diga que ahora se tienen a los 40, dejando abierta una posibilidad que dejé cerrada desde que nací.
Ser hija de madre soltera me traumatizó y no hay terapia que me ayude a superar el “que no te pase lo mismo que a mí” que mi madre me dijo cuando con 15 o 16 empecé a tener novio y no eran tiempos de hablar de sexo, tema tabú entre madre-hija en mi época, o al menos en mi casa.
Tuve relaciones siempre con miedo a que el preservativo se rompiera, a que tuviera un fallo de esos estadísticamente improbables pero que estaba segura de que me podrían tocar a mí. Después de hacerlo examinaba el condón con lupa y, aún comprobando que estaba bien, tenía pánico hasta el día en el que me bajaba la regla. Si tenía algún retraso, cosa habitual porque me diagnosticaron ovarios poliquísticos, me imaginaba repitiendo la historia familiar, embarazada, soltera y desgraciada.
Me costó años disfrutar del sexo, incluso con parejas estables que no pensaba que fueran a huir de la noche a la mañana, otro de mis temores como hija de madre a la que el padre dejó plantada así sin más. Y nunca, jamás, ni a día de hoy, he permitido que alguien la meta sin protección. Ni cuando tuve que tomar la píldora para que se me regulara la regla, las hormonas y la vida. Siempre, por si acaso, mejor que no.
Llevo ya tres años con mi pareja actual y ni la puntita mete sin capucha. Así es y será porque no tengo muy claro si esa norma irracional desaparecerá algún día. También me aterran las enfermedades de transmisión sexual, sí, con eso estoy concienciada, pero reconozco que me pesa más el no querer tener un hijo que sienta lo que yo sentí.
La culpabilidad de haber nacido y estropeado el futuro de mi madre es un peso enorme que durante mucho tiempo no he sabido soltar. Ver el sufrimiento que provocó mi llegada me hizo olvidar la parte de alegría que llevé a una casa gris. Solo hace unos años escuché a mi madre decirle a una vecina “fue muy duro pero Isabel ha sido lo mejor que me podía pasar”. Las lágrimas se me cayeron a borbotones porque casi con 30 años comprendí que, a pesar de no ser ni deseada ni esperada, no fui tan mala.
Aun así, liberarme de parte de la carga no me hace perder el miedo a ser madre sin el padre. Porque difícil sería, seguro, y por el riesgo de repetir en cadena, una generación más, que un hijo creciera con inseguridad, ganas de desaparecer o de no haber querido nunca existir.
“Pero, si se repitiera la historia, ¿podría ser diferente?”. Recuerdo esa reflexión que la psicóloga me dijo para, poniéndonos en el peor de los casos, desde lo malo de lo malo, si ocurriera, abrir la posibilidad de hacerlo, no sé si mejor, pero al menos diferente. Ese ejercicio reconozco que me dio calma pero tampoco sofocó todos mis temores.
Lo cierto es que no puedo evitar no querer procrear. No solo porque es caro, porque renuncias a parte de tu libertad y de tu vida, porque la sociedad te pide que trabajes y seas madre con una energía sobrehumana, sino porque, por encima de todo eso, tengo un miedo irracional a repetir un patrón. Puede que algún día lo rompa, lo supere o lo gestione mejor, mientras tanto ojalá no me presionaran con el temita de la maternidad, obligándome a responder con sonrisa forzada, tragándome todo este discurso que acabo de escribir.
