¿Qué me pasa? La culpa me está comiendo la cabeza. No sé si hice lo correcto o no. Solo sé que la situación me desbordó.
Todo empezó en 2023, cuando mi amiga J —una de mis mejores amigas— comenzó algo con un chico, B. Desde el principio hubo señales raras, pero con el tiempo se volvió más evidente que B no era una buena persona. La trataba mal, la manipulaba, y J llegó a pensar en el suicidio por todo lo que vivió con él. Eso, para mí, ya es imperdonable. Y lo que más me duele es que, hoy en día, están “bien”. O por lo menos, en buenos términos. A ella le molesta que a mí todavía me caiga mal, que no pueda perdonarlo ni hacer como si nada hubiera pasado.
Pero… ¿cómo voy a hacer como si nada? Fueron más de dos años donde él nunca le pidió ser su novia, a pesar de actuar como pareja. A lo largo de ese tiempo, también quedó claro que tiene pensamientos completamente opuestos a los nuestros —a los míos, a los de J, y a los de nuestra otra amiga, A—. Es homofóbico, de una manera pasivo-agresiva, con comentarios que disfrazan su rechazo, pero que lo dejan muy en evidencia. Y para nosotras, que venimos cargando historias, luchas, heridas y valores, eso no es algo menor. No queríamos más a alguien así cerca.
Una noche, cansadas, con A hablamos con J. Le dijimos de frente: “B es homofóbico y se le nota”. La charla terminó en discusión. Salieron muchas cosas a la luz, nos dijimos muchas otras, y fue en ese momento que A y yo decidimos tomarnos un tiempo. No queríamos seguir compartiendo espacio, ni tiempo, ni aire con alguien que nos resultaba tan dañino. Era tanto el rechazo que ya nos pesaba en la cabeza y en el cuerpo.
Un mes después nos volvimos a juntar las tres para hablar con calma. Pero fue lo mismo de siempre. J seguía repitiendo que B solo pensaba distinto, que era por su religión, por cómo fue criado. No reconocía nada, ni escuchaba lo que estábamos diciendo. Solo justificaba.
Y ahí fue cuando tomamos la decisión más difícil: alejarnos. Con A decidimos cortar la amistad con J. Porque si seguíamos así, con el dolor, la incomodidad y el enojo creciendo, iba a llegar un punto en que también íbamos a terminar odiándola a ella. Y no queríamos eso. Nos dolió, pero sentimos que era lo único que podíamos hacer para cuidarnos.
¿Fue lo correcto? No lo sé. La culpa todavía me pesa. Pero sabíamos que J nunca iba a aceptar que su novio es un imbécil. Y después de todo lo que vivimos, no podíamos permitirnos seguir teniendo cerca a una persona con ese tipo de pensamientos. No queríamos más eso en nuestras vidas.
