Mis padres siempre han tenido un amigo, llamémosle Pepe. Él era parte de la familia, siempre estaba en mi casa. Yo no recuerdo una vida él de pequeña, era como mi tío. Una vez a la semana fijo comía en casa, incluso cuando se separó y tuvo otras parejas, a todas las trajo y nunca se rompió esa amistad.
Hasta que llegó ella…
Pepe se aisló. No solo de mis padres, de todo el mundo. Aquello empezó con un «Fulanito me tiene manía» y acabó con un aislamiento enfermizo. Pepe paso de venir a nuestra casa a ni siquiera llamar cuando mi hermana murió en un accidente de tráfico.
No vino al tanatorio, no vino al funeral, no llamó, nada. Diréis las abogadas del diablo, «pues igual no se enteró». Oh mis queridas, claro que se enteró. Y no solo porque esto sea un pueblo, no, sino porque cuando una conductora borracha y drogada hasta las trancas se lleva por delante a otra persona sale en todo el país.
Y así fueron pasando los años, con una herida abierta muy grande. Hasta que ayer, sonó el telefonillo. Pepe tocó al timbre y habló como si nada, subió y se tomó su habitual café como si nada, contándonos que se había dejado con la pareja.
Para mí, el rencor es mi apellido, fue un cóctel de ira que me tuve que reprimir. Una, el hecho de no venir cuando tenía que venir, que hiciese como si nada, tal cual hubiese estado ayer mismo en casa con nosotros; y dos, ver la alegría de mis padres.
Mis padres se alegraron tanto…le preguntaron que tal todo, que hacía tiempo que no le veían, ahí fue cuando él soltó, «a partir de ahora vendré más por aquí que me dejado con Fulanita y os tengo que contar».
Yo no dije nada por mis padres, me hice la sueca.
Que poca vergüenza, Pepe. Creo que realmente para ese hombre el tiempo no ha pasado, que siente como que estuvo hace poco en casa y que todo era normal, o que culpa a la ex y que como todos tenemos que entender su ausencia.
