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Hace 3 meses fui madre y mi suegra decidió venir a vernos dos semanas para conocer a su nieta. Ella vive en otro país, así que reservó un vuelo para la fecha prevista del parto. Como el alojamiento en nuestra ciudad es carísimo y, además, coincidía con Semana Santa, le ofrecimos quedarse en nuestro piso y nosotros nos iríamos a casa de mis padres después del nacimiento, porque no cabíamos todos. Hasta aquí todo bien, aunque ya me generaba cierta incomodidad tener que trasladar todas las cosas del bebé a casa de mis padres justo en un momento tan delicado.
El parto se retrasó y durante esos días que ella estuvo en casa, no paraba de hacerme comentarios tipo: “A ver si te pones ya de parto”. Y sinceramente, eso es lo último que necesita escuchar una mujer embarazada, con ansiedad y miedo.
Finalmente me indujeron el parto a las 41 semanas, pero acabó en cesárea. Estuvimos ingresados de domingo a jueves. Durante esos cuatro días, ella se presentó en el hospital todos los días y, aunque entiendo su ilusión, lo cierto es que pasaba horas allí, cogiéndome a la niña sin parar, hablándole con una vocecita aguda, mientras yo me retorcía de dolor en la cama. Lo único que quería era intimidad, descansar y disfrutar tranquila de mi hija y mi pareja.
Una vez en casa de mis padres, ella seguía viniendo cada día, pero como no le apetecía estar con mis padres, se llevaba a mi hija recién nacida al parque con mi pareja. Yo, que apenas podía caminar, me quedaba sola. No he sido realmente consciente de cómo me afectó todo esto hasta semanas después. Sentí una ansiedad muy fuerte, como si quisieran «quitarme» a mi bebé. Tuve un baby blues bastante intenso, y lo único que me calmaba era tener a mi hija encima. Pero ni mi pareja ni ella supieron entenderlo.
Ahora que ha pasado el tiempo, siento bastante resentimiento, especialmente hacia ella. Como mujer y madre que es, me cuesta creer que no entendiera por lo que estaba pasando. En lugar de cuidarme, tuvo actitudes que me dolieron profundamente: quitarme el carrito de las manos en los paseos, hacer comentarios como que “mis tetas estaban secas” y que mejor darle biberón ella (hacemos lactancia mixta), etc.
No sé si son las hormonas jugando conmigo o si realmente su actitud fue tan invasiva como yo lo viví, pero hoy en día me cuesta verla con mi bebé, me pongo nerviosa. Sé que tendré que trabajar esto porque es su abuela, y tiene derecho a estar presente, pero me preocupa que intente asumir un papel que no le corresponde. No sé cómo explicárselo a mi pareja sin parecer exagerada, pero necesito poner límites por mi salud mental y por el vínculo con mi hija.
