Lo he hecho. He puesto en su sitio al último que se ha atrevido a decirme lo gorda que estoy. Porque sí, porque es que parece ser que ser gorda da derecho a todo el que quiera a recordártelo . ¡No quiera Dios que se te olvide ni por un segundo! . Porque cuando eres gorda pasan varias cosas, pero de las más importantes es que llegan a tu casa y te quitan todos los espejos. Si, si. Debe ser eso, de ahí que la gente tenga que decírtelo frecuentemente, porque tú en tu casa no tienes espejos para verte. ¡Si te están haciendo un favor! (Anda, mira, y tú sin saberlo y cagándote en todos).
Pues eso, que harta de aguantar comentarios inoportunos, me he puesto manos a la obra y me he decidido responder con la misma crueldad o al menos parte de ella con la que ellos me comentan mis lorzas. Fue mi propósito del año pasado y mira por dónde ¡este año repito!. Porque sí, porque me he cansado de ser la «señora» que responde con educación y respeto. Hala, a la mi#rda todo.
Os pongo en antecedentes: vengo de una familia bastante gordofobica. Si engordas ellos te lo hacen notar enseguida «por tu bien». Crecí siendo una chica deportista, delgada, normativa, responsable, con buenas notas… ¡La hija perfecta! Barbie y sus complementos, oye. Pero aquí estoy, a mis casi 40 años, habiendo superado una depresión ( explicar todo daría para libro) y con mi vida equilibrada. Tengo un marido que me adora y al que amo, un trabajo estable, con buenas condiciones y bien repercutido, casa y coche propios…¡ Lo dicho, no puedo pedir nada más!. PERO he cometido el pecado de engordar durante todo este camino. Y sí, señoritas, estoy GORDA. He añadido 20 kilos de sobrepeso a mi cuerpo y parece que es lo único que le importa a la gente. Harta de aguantar comentarios groseros, decidí que ya estaba bien, así que empecé con un «amigo» que vió adecuado decirme que claro… que con lo bien que estaba mi marido (es delgado y guapete) yo no era suficiente para él porque estaba gorda. ¡Que cosas! Que el valor de la gente se pesa en kilos y yo sin enterarme. Lo mandé a la m*erda, sin más.
A la siguiente que mi madre me soltó un «vaya barriga que tienes», mi » Pues no tengo a quien salir, soy panzona como tú » la dejó fuera de juego. Su «yo lo digo por tu bien, para que seas felíz» también lo preveía así que mi «¿y como exactamente crees que ayuda que me llames gorda ?y «yo soy muy felíz, no te preocupes» la sacaron del partido. La siguiente fue mi tía, que jugó fuerte con su «vas a reventar el vestido que llevas» Y es que aún estando gorda me gusta ponerme vestidos ajustados y se ve que las gordis tampoco podemos hacer eso. Así que mi «¿y tú? ¡Habló de P*tas la tacones!» La dejó con el culo torcido y cara de ofendida.y es que lo que gusta dar pero no recibir.
La siguiente en mi camino fue su hija, mi querida prima, que no quiso estudiar, jamás ha tenido trabajo ni pareja estable, vive aún con sus padres, le ponen todo por delante y ha pasado toda su vida con sobrepeso (y nunca le he dicho ni pio). Primero me consoló diciendo que hay que ver su madre para acto seguido dejar caer un «mira yo, ahora tú eres la que estás más gorda que yo y no he ido a decirte nada» (¡Ay, cariño, gracias!) . Así que me puse modo meangirls y le solté con la mejor de mis sonrisas: ¿sabes qué pasa? Que da la casualidad que en el trabajo fijo por el que me pagan tan bien, por suerte o desgracia me llevo 8 horas sentada. Y después llego a MI casa, la que pago con ese sueldo, montada en MI coche y nadie me tiene nada hecho, tengo que trabajar en mi casa, hacerme la comida y limpiar. Y cuando termino y MI marido llega a casa, quiero disfrutar de él y el tiempo que me queda, y si eso supone que estoy más gorda, pues bienvenido, porque lo tengo todo». Se quedó sin habla.
Sé que fui ruin, pero empezó ella. El último en atreverse, el cuñado de turno, que después de las campanadas y mientras le ayudaba y aconsejaba con un «problema» Y animado por las copas, le dió por soltarme un «si es que eres guapa, amable, lista… Si adelgazases serías perfecta». Mi cara debió de ser muy expresiva, porque dijo: » Es que yo soy así, lo que pienso lo digo y tú estás gorda» ¡Ole tus coj*nes, Macario! ¡Felíz año nuevo!. Y me enfadó, muchisimo. Así que primero le dije que a mí su opinión me importaba una P*ta mierda, que yo no se la había pedido. Que quién narices se creía para decirme cómo estaba o dejaba de estar y que si quería jugar a eso yo también podía hacerlo. Lo miré de arriba abajo y le dije si quería que le dijese lo que yo pensaba de él y todos los defectos que le veía, que podría hacerlo, que lo mismo me tardaba una hora para decirselos todos. Blanco.
Pero continué, descargué toda mi ira sobre él mientras el resto miraba asustado. Le dije que todos tenemos defectos y que yo no iba diciendo los de nadie, que antes de soltar las cosas debería pensarlas porque la gente tiene sentimientos y que no había necesidad de hacerme sentir mal. Que ya sabía que estaba gorda, que si estaba satisfecho y que qué había ganado a parte de un mal rato para todos. Se disculpó, me dijo que ahora se sentía mal. Seguí, le dije que a mí a lo mejor no me afectaba (que sí lo hace, no soy de piedra) pero que ese tipo de comentarios puede provocar un daño enorme en otra persona. Que qué tal si su «sinceridad» le provocaba un transtorno alimentario a alguien o algo peor, que si había pensado en las consecuencias que unas palabras pueden tener para alguien. Se mostró arrepentido, dijo que nunca lo había visto de ese modo, que lo tendría en cuenta de ahora en adelante. Quise terminar la fiesta en paz, le dije que daba igual y continuamos la noche sin más.
Pero no da igual. Yo he empezado a defenderme, pero el agotamiento emocional que me llevo es enorme. Ven que estoy gorda, el resto da igual. Lo que no ven es el resultado de sus palabras. No ven cómo lloro en casa después de cada insulto, cómo mi marido mira impotente y sin saber cómo ayudarme más allá de un abrazo cómo su mujer de nuevo está triste, llorando y con nuevos episodios de ansiedad. Cómo intento de nuevo recortar mi ingesta de comida y terminar enfermando por la falta de alimento. Las discusiones que provoca porque mi marido quiera que me alimente cuando me ve enfermar y yo me niego «porque estoy gorda». La frustración de estar a dieta continua y ver cómo apenas obtengo resultados. Preguntarme qué he hecho yo para que la gente me trate así.La inseguridad que me provocan. ESO no se ve. Y a parte de intentar sacaros una sonrisa con mis anécdotas y de paso soltar todo este lastre, quiero que alguien vea esa parte que se pierde en la intimidad de la casa. Porque las palabras hacen daño y la gente debe saberlo y empezar a medir las posibles consecuencias antes de hablar. Todos merecemos respeto y los kilos de más no definen a una persona. Yo me quiero mucho. Con mis kilos, con mis defectos, con mis virtudes. No voy a dejar que nadie me arrebate todo esto. Y si alguien lo intenta, lo aplastaré con mi gran culo.
¡Feliz año, reinas!
La chica im-perfecta.