Trabajé allí solo un mes, el que tenía de prueba. En ese tiempo tuve suficiente para ver la manera que tenían de trabajar y para no querer tener nada que ver con ellos.
Esto me pasó cuando era joven, fue de mis primeros trabajos. Ahora, visto en perspectiva, creo que se aprovechaban de eso. La mayoría de la plantilla éramos gente joven y estudiantes. Personas que no teníamos ni idea de como funcionaba el mundo y a los que se podía manipular o contar con que fuesen más laxos moralmente.
La situación laboral estaba fatal y allí te vendían que, si conseguías llegar a los objetivos, pese a que ser comercial telefónico era duro, ellos te aseguraban un futuro.
La empresa no solo vendía seguros, ellos como tal eran una empresa que se dedicaba a algo muy concreto y que es bastante conocida (no puedo decir el nombre por motivos obvios), pero luego tenían una empresa subcontratada para el departamento de marketing, que es el que se encargaba de intentar vender sus seguros, para así tener más clientes en su ocupación principal.
Primero nos pusieron con una persona más veterana, que nos enseñaba cómo debíamos conducir la conversación y los productos que podíamos ofrecer dependiendo del perfil. Hasta aquí todo parecía legal y hasta fácil.
Teníamos una lista diaria de teléfonos con el nombre de la persona, no sé de dónde salía esa lista, pero más de un cliente se quejaba cuando le llamábamos de que no había facilitado sus datos y que quería quejarse. En estos casos teníamos que derivarlos a otro teléfono y allí ya no sé que pasaba. La cuestión es que tenías que intentar llamar a todas esas personas cada día e intentar vender algún seguro.
Nosotros teníamos un salario fijo bastante precario, pero luego muchos pluses. Plus por cumplir objetivos, plus por vender más de cinco seguros extra, plus por vender el seguro más caro… Si cumplías lo que pedían se quedaba un sueldo bastante interesante, pero aquello era prácticamente imposible.
Los teléfonos nunca se acababan, me sorprendí muchísimo de que cada día hubiera una lista tan larga. Es cierto que muchos de ellos no estaban operativos o no te los cogían, pero aun así eran muchos.
No tardé mucho en darme cuenta de que era muy difícil conseguir los mínimos que nos pedían. La empresa también se dio cuenta y pusieron a un veterano a escuchar mis llamadas conmigo y darme consejos.
El primer consejo que me dio, fue que pusiera toda mi atención en las personas mayores. Me dijo que eran los más fáciles de convencer y me enseñó algunos “trucos” para acabar vendiendo.

Esos trucos eran mentiras. No mentiras como tal, porque se hubieran pillado los dedos, sino respuestas ambiguas, comentarios para que la persona acabase diciendo lo que tú querías y mucha palabrería y leyes para agobiarles, incluso comentarios donde se les metía miedo por si les pasaba algo y resultaban no tener seguro.
El veterano que vino conmigo atendió una llamada de una persona mayor y me pareció terrible.
Presionó a la pobre mujer, que no sé como no colgó, de una manera muy agresiva. Le explicó en que consistía el seguro y se las apañó para hacerle creer (sin decirlo directamente) que era prácticamente obligatorio por la ley. También le dijo que si la llamábamos era porque alguien nos había dado sus datos y su teléfono, ella preguntó “¿mis nietos?” y él le dijo “es que la quieren mucho”. No le dijo ni que sí ni que no, pero ya pareció que eran sus nietos. En todos esos grises se movían para vender.
Este vendedor estuvo una semana conmigo intentando que mejorase mis ventas y, en concreto, que intentase timar a los ancianos. Por supuesto en ningún momento usó esas palabras, pero ya me entendéis.
Quise hablar de esto con mis compañeros, pero lo que me encontré fue aun peor. Cuando ellos llamaban y cogía el teléfono una persona mayor, silenciaban la llamada y se hacían gestos entre ellos como si hubieran marcado un gol. Se rifaban los teléfonos e incluso se los intercambiaban, no podíamos saber que edad tenían, pero generalmente los teléfonos fijos eran de personas mayores, así que, si miraban su lista y a penas tenían, negociaban con los compañeros para que le cedieran alguno.
Después de lo que vi, no me sentí nada cómoda. Intenté vender sin recurrir a esas técnicas y me fue medianamente bien. Llegaba justita a los objetivos. Pero no quería darle ni un euro a esa empresa y decidí dimitir cuando aún me faltaban varios días por venir.
No volví a hablar ni con ellos ni con compañeros de allí, pero al comentarlo con otras personas me di cuenta de que al parecer es una práctica bastante habitual.
Solo os puedo decir que protejáis a vuestros mayores de este tipo de personas, quiero creer que la ley cada vez controla más este modelo de venta.