Cuando Sara se quedó embarazada por primera vez, supo que necesitaría a su hermana para que la ayudara con la conciliación al volver a trabajar. No tenían una relación muy estrecha, pero le pidió que fuera la madrina de su hija para que su hermanan no pudiera decir que no ante el favor que después le pediría.

A Sara le dio mucha pena no hacer madrina a su prima Zoe, a la que tanto quería y con la que sí tenía una relación diaria.

Zoe era más pequeña que Sara, y ésta la había cuidado de pequeña, estableciendo cierto rol protector con ella. Cuando se hizo adulta se volvió alguien fundamental en su vida, pero Sara tenía claro que su hermana diría que no a quedarse con la niña todos los días después de las 4 si no le daba un estatus exclusivo.

Cuando la niña nació, Sara se sintió culpable, pues en realidad siempre había querido que su prima fuera la madrina de su hija y que el motivo por el que hizo madrina a su hermana fue egoísta. Así que allí mismo preparó una carta en la que le decía a su prima que se había dado cuenta de que le hubiera encantado hacerla madrina y que, de tener otro bebé, podría dar por hecho que sería su madrina sin lugar a duda.

Unos días después le hizo un regalo con una tarjeta en la que le pedía ser la madrina de la futura hermanita o hermanito de su hija.

Su prima lloró los mil llorares, emocionada y guardó aquellos detalles como oro en paño.

Pasaron los años y aquel segundo embarazo parecía no llegar. Pero entonces, cuando ya nadie lo esperaba, Sara contó en una reunión familiar que su hija sería hermanita mayor. Miró a su prima y le guiñó un ojo. Ésta se echó a llorar de la emoción, pues recordaba aquella petición unos años antes y sabía que ahora sería su momento.

Pasaron las semanas y Sara no le decía nada. Le hablaba del embarazo, salían a tomar café, pero su puesto de madrina no se mencionaba.

Entonces Zoe fue a visitar a la hermana de Sara a su casa y se la encontró cuidando de su ahijada, como cada tarde. Le preguntó si cuando naciera el bebé se quedaría con él también o si repartiría a los hermanitos en las casas de sus respectivas madrinas, porque ella a esa hora lo tenía complicado.

La hermana de Sara pareció no entender a qué se refería su prima y la niña, que estaba pegando la oreja, le dijo “yo voy a seguir viniendo a merendar a casa de mi madrina, pero mamá dice que cuando nazca mi hermanito, él se quedará con tu hermana, que para eso la hizo madrina”.

Zoe no supo cómo reaccionar. Sintió una patada en el estómago metafórica tan fuerte que le dolió como si fuera real. Le vino una náusea y los ojos se le llenaron de lágrimas. La niña se tapó la boca y dijo que había olvidado que Zoe no lo podía saber todavía. Ella acarició a la niña y le dijo que no se preocupara.

La hermana de Sara la miró con pena, entendiendo que Zoe se habría hecho ilusiones y le acarició un brazo intentando consolarla, pero ella necesitaba estar sola y se fue.

Llevaba 5 meses de embarazo sabiendo (creyendo, más bien) que sería la madrina de ese niño. Llevaba semanas con los preparativos de la fiesta que le haría a su ahijado antes de nacer y ahora sería su hermana pequeña la madrina en su lugar.

Esa noche le llegó un WhatsApp, Sara le decía que sabía que la niña había metido la pata, que le hubiera gustado decirlo de otra manera, pero que efectivamente había elegido a su hermana como madrina, ya que vivía más cerca y sería de mucha ayuda los primeros años.

Zoe, decepcionada y triste, le dijo que no entendía cómo podía hacer eso. Llevaba años con aquella ilusión. Si sabía que no iba a ser ella la madrina de su niño debería habérselo dicho desde el principio. Le envió fotos de las cartas enmarcadas donde Sara le pedía ser la madrina de su siguiente bebé años atrás.

Sara se tomó muy mal aquella foto y la bloqueó en WhatsApp. Días más tarde la desbloqueó y le pidió hablar, pero Zoe decidió no contestar más. Para ella aquel cúmulo de circunstancias y haber hablado por mensaje en vez de a la cara, y aun encima bloquearla después de todo, le había llevado a la decisión de no volver a tener contacto con su prima, al menos en un tiempo.

Días después la hermana de Zoe le contó que Sara le había pedido ser la madrina del niño. Le dijo que había flipado, pues nunca fueron muy amigas, pero que iría encantada “Siempre creí que te lo pediría a ti”. Zoe felicitó a su hermana y le contó su conversación con Sara. Entonces. La futura madrina le dijo “Si me hace madrina para que le críe yo al niño como hace su hermana con la niña, va lista, que si yo no tengo hijos, por algo será”.

El niño nació y Zoe no quiso ir a conocerlo. Todo aquello le dolía mucho. Pero lo que más le dolió fue saber que, después de todo, Sara había estado contando una versión distorsionada de cómo Zoe era una caprichosa que se celaba de su propia hermana por ser madrina y que se comportó como una niña pequeña.

Después del bautizo, Sara le planteó a la reciente madrina que pronto la necesitaría para ayudarla con los niños por las tardes, pues su hermana decía que ya no podía seguir quedándose con la niña y, ya que se quedaba con su ahijado, la niña no le daría nada que hacer. Pero ¿quién le había dicho que se quedaría 3 horas y media todas las tardes con el bebé?

Obviamente Sara culpó a Zoe de la negativa de su hermana de hacer de niñera gratis de por vida, y menos al darse cuenta de que fue nombrada madrina solamente como chantaje emocional. Así que Sara tuvo que contratar a una niñera y hoy en día no tiene relación con sus primas ni con su hermana, con la que se enfadó tras 8 años de favores, por decirle que ya no podía más.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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