En tiempos en que me toca pensar de nuevo si se debe separar al autor (autora en este caso) de la obra y me planteo si seguir siendo una orgullosa friki o una detractora de la autora de mi saga favorita, os vengo a contar cómo Harry Potter y su maravilloso mundo mágico cambiaron muchas cosas de mi vida siendo ya adulta.

Me parece increíble hablar de mis primeras experiencias con el mundo mágico ahora, en mi salón, con mi cartel de la sala de los menesteres encabezando la puerta de entrada, mi gran colección de varitas y mi nada humilde colección de Funkos poterescos, con mis diferentes tatuajes en honor a la saga.

Pero sí hubo un tiempo en que no sabía nada de Muggles ni de hechizos y pociones. Siendo adolescente, alguien muy importante para mí me regaló 2 de los libros. Claro que no tenía el primero, así que leí el 2 y cuando conseguí comprar el 1 me dio pereza volver a empezar y ahí se quedaron. Vi las pelis que había hasta el momento, pero no era lo mismo.

Crecí, empecé a trabajar y me enamoré. Puede que la historia no acabase bien, pero entonces yo estaba muy enamorada de un hombre con quien no tenía absolutamente nada en común. Un día me preguntó cómo era posible que no me hubiese leído los libros de Harry Potter, con lo que disfrutaba volviendo a ver las primeras pelis. Le dije que no me gustaba mucho leer y que se me harían demasiado largos.

Cualquiera que me conozca un poco y sepa la mitad de lo que he leído desde entonces no se creerá que yo dije esa frase. Me enganché a la literatura de J.K. como al aire para respirar. Pude ir al estreno de las últimas pelis con el libro en la mano recién terminado. ¡Qué satisfacción! Es cierto que ver las pelis antes te hace muchos spoilers, pero también es una manera de disfrutar mucho la película y luego el doble el libro; no leer el libro y decepcionarte luego al ver todo lo que falla, como pasa siempre con las películas.

De pronto, mi novio y yo ya teníamos de qué hablar, teníamos un tema de debate, algo que compartir. Con el tiempo surgieron más cosas… Pero sobre todo vinieron más novelas.

Seguí con novelas juveniles, aunque yo ya vivía independizada y era adulta, y me enganché a muchas sagas y colecciones que me mantenían cuerda en la locura de mi vida.

Pronto aprendí a amar las letras más todavía, no sólo a las que yo escribía. Aprendí que los libros son como “dar vacaciones a la cabeza” como dice Matilda. Aprendí a aceptar un bloqueo lector y, con los años, que leer y comprar libros son dos hobbies diferentes.

Las listas de deseos, las montañas de pendientes, las conversaciones con gente que ha leído lo mismo que tú…

Asocié la saga a todos esos cambios en mi vida. Cuando me separé, resignifiqué mi afición como algo propio, mío, individual, de crecimiento personal y amé más mi afición. Comencé mis colecciones y mi nueva pareja se unió a mi locura. Ahora somos unos orgullosos coleccionistas y mi casa está llena de libros, mi cabeza de pájaros, mi corazón de amor y mi casa de respeto.