NO SE NADAR

No sé nadar, tal cual os lo digo. Y es algo que en absoluto me preocupa, pero de lo que no me di cuenta hasta hace algunos años. Obviamente no es que entre en la piscina o en el mar y me ahogue; no, claro está. Pero no se nadar…Flotar y desplazarte por el agua no es lo mismo que nadar. Y no es que mi padre no pusiera empeño y dinero en que de pequeña supiese nadar. Él pagó los cursillos un par o tres de años, para que la niña sobreviviese en el medio acuático, pero no conseguí más que el caballito blanco ese que te cosían en el bañador. Yo eso de combinar piernas, brazos y respiración lo llevaba fatal. Fatal que me parecía que me iba a morir, así que aun la insistencia de los pobres y resignados monitores de natación la niña siempre acababa desplazándose cual perrito por el agua. Eso me aseguraba la supervivencia.

Canal exclusivo de testimonios en whatsapp

Lo que peor llevaba era la interminable cola de criaturas en bañador, congelados de frio, esperando el turno para que saltáramos al agua como si nos fuera la vida en ello para chapotear cual gatos mojados con el imperativo de NO AGARRARNOS A LAS CORCHERAS. Las corcheras, esas cuerdas largas, largas llenas de puntos de supervivencia in extremis que para mi eran como un oasis en el desierto porque nunca alcanzaba a llegar al final de la piscina sin uno o dos parones, pensando en que esa tarde iba a ser la última. Y vuelta a empezar, salías del agua congelado, sin poder correr porque te podías partir la crisma con un resbalón y te ponías a la cola de la tortura.

En realidad, la tortura empezaba cuando en el vestuario te tenías que poner el gorro del infierno. Hecho de látex, que te apretaba la cabeza e impedía que la sangre llegara a tu cerebro. Además, tenían que meterte el pelo que sobresalía a tirones para dentro y luego se deslizaba hasta tus parpados hasta estrujarlos y dejarte medio bizco. ¡Y nadie te prestaba ayuda! A los monitores les daba igual que estuvieras con los ojos aplastados, el cerebro sin riego sanguíneo y el cuerpo en estado de hipotermia: ¡NO PODIAS AGARRARTE EN LAS CORCHERAS! 

Lo odiaba profundamente. ¿Por qué tenía q aprender a nadar si yo flotaba perfectamente y sabía hacer el perrito? Pues allí estaba yo, helada y apretada por un gorro asqueroso que cuando me lo quitaban me arrancaba tropecientos pelos y me dejaba llena de polvos de talco. Luego venía la segunda parte. Como iba a natación con mi mejor amigo (casi hermano de hecho porque nos criamos juntos, literalmente) su madre venía a buscarnos para ir a su casa a cenar y dormir. Lo que incluía pasar por la ducha de los vestuarios bien enjabonados, secarnos un poco el pelo (lo mínimo para no coger un resfriado en pleno invierno), ponernos el pijama (¡ojo que ese dato ha sido algo que me ha marcado tanto en la vida que lo he aplicado con mis hijos!), el anorak y encasquetarnos a los dos unos gorros de lana con media cabeza mojada que picaban en el cuero cabelludo lo que no está escrito. ¡Qué horror! Mi compi de natación y de vida cabreadísimo porqué a mi me daban el caballito blanco (ya ves tú, el de los cutres) y él que era caballito amarillo exigía pasar al naranja. Total, enfurruñadisimo hasta su casa, con la letanía del caballito naranja y los gorros de lana picajosos después de haber sido torturados una hora que a mí me parecía eterna. Y muertos de hambre, cansancio y mala leche nos sentaban delante de un plato de crema de calabacín y un trozo de hígado. Todo muy estupendo. Él y yo llorando como descosidos que eso no nos lo comíamos. Su madre que ya ves tu si nos lo comíamos que nadie se levantaba sin haberse acabado los dos platos. Haciendo un esfuerzo superior, después de haber sobrevivido a la tortura acuática nos tocaba comer esa cosa horrible. El calabacín aun ¿pero el hígado? ¡Y cumplíamos eh! Vaya si cumplíamos. Bocado a bocado con vaso de agua entre trozo y trozo. Luego nos mandaban a la cama, donde nos arrepapuchabamos él i yo (porque siempre queríamos dormir juntos, nada de camas separadas) y hasta el día siguiente. 

Y así semana a semana durante dos o tres años. Ahora lo recordamos y nos da la risa, pero en esos momentos era una tortura parecida a las del siglo XV para nosotros. Tengo que confesar que a él las clases se natación le funcionaron. Sabe nadar, yo no. Yo me desplazo por el agua cual bolsa de supermercado a la deriva, allí donde me lleva la marea. A veces nado como las abuelas, como una rana y la cabeza fuera del agua. Pero el destino o el Universo es un cachondo y me ha gastado una broma graciosa: mi pareja es monitor de natación. Con eso lo digo todo y no digo nada.

 

Parvaty