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    Hablemos de privilegios

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    Entre los cientos de trolleos twitteros a veces aparecen algunos debates y denuncias sociales muy interesantes. Rarae aves que consiguen, pese a la limitación teórica (y retórica) de los putos 140 caracteres, que nos revisemos un poquito. Y no es poca cosa teniendo en cuenta cómo está el patio. En este sentido hace unos días se producía una acalorada discusión en Twitter que me tuvo muy entretenida todo el fin de semana (para bien). El tema se centraba en la gordofobia y el sistema de privilegios desde una perspectiva feminista. Vamos, un debate serio (o por lo menos todo lo serio que permite la plataforma), de los que hacen falta y construyen imaginario.

    El concepto de privilegio es una construcción sociológica que define el contexto de la desigualdad social, la opresión y las relaciones de poder, a partir de diferentes parámetros que se cruzan generando distintos niveles que se interrelacionan. Podemos decir que existe una especie de jerarquía del privilegio que es transversal a toda la sociedad y que no tiene por qué ser estática; los mecanismos de opresión mutan y se vuelven más sutiles dentro de una ciudadanía cada vez más crítica y despierta. Cada individuo concreto convive con unos privilegios heredados y con otros adquiridos, de los que probablemente no sea consciente en ninguno de los dos casos. Y es que hablar de privilegios no es fácil, pero revisionar e interiorizar esos (nuestros) privilegios es todavía más complicado.

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    Antes de continuar con la disertación me pondré como ejemplo. Ser mujer, blanca, occidental, heterosexual, universitaria y de clase media, me sitúa en un lugar de privilegio frente a otras muchas mujeres que no cumplen esta ecuación. Sin embargo, sigo estando por debajo de la mayoría de los hombres occidentales (incluso de algunos no occidentales), cumplan con el resto de los elementos o no. Esto es relativamente fácil de ver una vez te sumerges en el estudio de la desigualdad pero, desde mi perspectiva, existen otra serie de privilegios que el sistema nos impone y de los que somos juez y parte. El mundo de las sutilezas es así y no desaparece por hacer como que no existen.

    Pensemos ahora en la presión estética de la que tanto hemos hablando (y seguiremos haciendo) en WeLoversize, esa que afecta a absolutamente todas las mujeres y que nos convierte en mercancia para el consumo de otros. Incluso en este punto existe un patrón que hace que existan corporalidades válidas y otras que no lo son, que se quedan en los márgenes de lo socialmente aceptado y que son incómodas para el poder. Este es el caso de los cuerpos gordos que han sido oprimidos e invisibilizados en el contexto audiovisual y textil, generando una gordofobia estructural de la que surge un nuevo sistema de privilegios que sitúa a los cuerpos delgados y esbeltos como lo deseable y “superior”.

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    No se trata de dramatizar, si no de llamar a las cosas por su nombre: la gordura no es un complejo más porque responde a un sistema de opresión vinculado al pensamiento único estético y que afecta a todos los niveles de la vida. Es algo tan visible que convierte a los cuerpos gordos en el objetivo de todo tipo de críticas y humillaciones, incluso desde la perversión de los consejos (que normalmente nadie ha pedido) sobre temas de salud. Si yo, como gorda, me quejo de mi lorza no es raro que me encuentre con comentarios del tipo “Pues ya sabes lo que tienes que hacer”, lo raro es encontrar empatía en el interlocutor, porque existe en el imaginario popular la idea de que las personas gordas tenemos sobrepeso porque nos sale del coño y que adelgazar, además de ser algo obligatorio para vernos bien, es algo tan sencillo como comer menos y un poquito de gym.

    No os engañéis, obviar la realidad individual de cada persona y reducir el sobrepeso a vagancia y zampabollismo es gordofobia.

    Teniendo en cuenta ésto, me atrevo a decir (sin ánimo de ofender a nadie) que existen privilegios hasta en el universo de la belleza. Con esto no pretendo negar, bajo ningún concepto, la presión a la que nos vemos sometidas TODAS las mujeres ni, mucho menos, culpabilizar a las personas delgadas. Simplemente quiero señalar la opresión en clave de desigualdad que sufren los cuerpos gordos tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Creo que no se debería comparar una violencia estructural que invisibiliza, con una serie de complejos creados para mantener a las mujeres dominadas dentro de un privilegio impuesto por un sistema voraz y alienante. Existe pues un privilegio en la delgadez, como lo existe en la claridad de la piel; esto no convierte a las personas delgadas en opresoras, es el sistema quien nos oprime, pero es importante conocer nuestro lugar en el mundo para poder cambiar las cosas.

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    PD: las fotografías que acompañan al texto son de la maravillosa Jenny Saville.

    Sobre el Autor

    Imagen de perfil de Beatriz Romero

    Politóloga y divina. Defensora a ultranza de la cultura popular y del pecho grande y natural. Sufro de la terrible enfermedad de lo cuquis pero intento llevarlo con dignidad.

    

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