Para empezar, quiero dejar claro que no adopté a mi perrita para esto. Me encantan los animales y la amo. Pero sí es cierto que, cuando vi la oportunidad de utilizarla para acercarme a un chico que me gustaba, no desaproveché la ocasión.
Lo había visto en un parque que hay cerca de mi casa varias veces cuando yo volvía del trabajo. Estaba allí jugando a la pelota con su perrete, un podenco andaluz bastante simpático. Me di cuenta de que él también me miraba cuando pasaba cerca y, como no me sentía capaz de hablar con él así porque sí, se me ocurrió un plan.

Unos días después, empezaba mis vacaciones y como sabía el horario en el que aquel chico jugaba con su perro, me preparé. Cogí a mi pequeña Pelusa, una chihuahua mestiza de pelo largo, y me dirigí al parque. Quería que el encuentro pareciese casual. Allí había mucha gente con sus mascotas disfrutando de las primeras horas de la tarde, y no desentonaría una más.
Así que me puse en el otro extremo de la zona, para no parecer demasiado descarada, y empecé a jugar con mi perrita.
Noté que él me miraba mientras yo lanzaba el juguete a mi pequeña. Yo le miraba de vuelta y le sonreía. Aquello era un tonteo en toda regla.
Llevaba un buen rato y Pelusa estaba algo cansada, así que, haciendo como quien no quiere la cosa, fui acercándome poco a poco hasta donde estaba él. Iba disimulando mientras jugaba para que pareciese que el acercamiento no era del todo intencionado.
Su perrito, al vernos cerca, se acercó corriendo y moviendo la cola. Afortunadamente, era muy sociable y empezó a jugar con Pelusa. Él volvió a sonreírme y me dijo “Hola”.
Aquello iba por el buen camino. Gracias a mi chiquitina, habíamos roto el hielo y el resto era trabajo mío. Empecé a decirle que su perro era un encanto y me correspondió con el mismo tipo de halagos.
Mientras tanto, nuestras mascotas corrían y jugueteaban a nuestro alrededor.
A decir verdad, mi perrita era un imán para los hombres, bueno, para los hombres y para el resto de las personas. Pequeñita, peludita, esponjosa, de tonos canela y muy simpática. Cuando la sacaba a pasear, raro era el día que alguien no me paraba para acariciarla. Pero esta vez había hecho un pleno. Aquel chico estaba loco por ella.
Empezamos a hablar, nos presentamos formalmente y empezamos a compartir cosas sobre nosotros. Al parecer, era soltero y estaba interesado en descubrir si yo también lo era. Me hacía preguntas indirectas mientras le tiraba el juguete a los perros y se hacía un poco el despistado.
Yo en todo momento estuve pendiente de mi pequeña, obviamente ella era lo primero, si bien, mientras corría para atrapar el juguete, la perdí de vista en algún momento.
Un momento mínimo, pero el suficiente para que se desencadenase el desastre
En lo más álgido de la conversación y mientras los perros jugaban despreocupados, una pareja de policías locales se acercó a nosotros y nos preguntó si la chihuahua era nuestra. Yo respondí rápidamente que sí, que era mía. Supuse que, como siempre, serían amantes de los animales y querrían acariciarla o preguntarme cosas sobre ella.
Pero no. No era eso ni muchísimo menos.
Resulta que mientras yo pelaba la pava con aquel chico, mi pequeña princesa había hecho de vientre en el parque. Y como yo no estaba a lo que estaba, no me había dado ni cuenta.
El policía me preguntó si llevaba bolsitas para heces, porque tenía que recogerla. En un primer momento le dije que sí, que siempre llevaba. Y era verdad, pero enseguida me di cuenta de que, con los nervios por conocer a aquel chico, en esa ocasión, no las había cogido.

Fue muy embarazoso.
Mi acompañante me miró con expresión de decepción mientras me ofrecía una de las suyas. Pero eso no me salvó. Aquella pareja de policías me pidió el DNI y me pusieron una multa. Al parecer, no solo estaba penado no recoger las heces de las mascotas, sino que salir a la calle sin utensilios para poder hacerlo también era sancionable.
Y así me quedé yo, con mi perrita agotada, con una bolsa llena de caquitas, sin chico y con ciento cincuenta euros menos en mi bolsillo. Eso me pasaba por utilizar a Pelusa para esos fines. A partir de ese momento, decidí que, si tenía que ir a ligar con alguien, le echaría ovarios y lo haría en solitario. Con aquel castigo kármico, ya había tenido suficiente.
Lulú Gala.