El verano es la estación de la vanidad por excelencia. Todo el mundo quiere presumir de algo, sea de destino, de familia, de tener las mejores vistas o de haber presenciado un atardecer digno de lienzo. Lo cierto es que podemos considerar un hitazo el poder costearse una semana de vacaciones en familia en determinados puntos de la costa española, que salen más caros que irte a Bali un mes.
Pero lo del postureo en el que todos caemos, porque la mayoría optamos por compartir solo lo bonito, no es un patrón de fotos estivales que me haya llamado la atención ahora, eso es algo de sobra conocido. Hay otras cosas en las que me he fijado este año.
1. El peso del género al “destaparse”
Pensemos en la típica foto grupal de verano. La de tu vecino, por ejemplo, que se ha ido unos días con la familia a la casa que sus suegros han alquilado en la costa, con cuñados y sobrinos políticos. O la de tu compañero de trabajo, que ha juntado en la piscina a todos sus amigos para un fabuloso día de barbacoa.
En todas ellas hay personas en traje de baño, pero este año me he fijado particularmente en un patrón, especialmente entre personas que superan los 40 o 50 años. La mayoría de las veces, ellos lucen ufanos y sin complejos aparentes, ya con la calvicie y la barriga cervecera más que asumida. Algunos hasta se ponen de perfil para mostrarse sin pudores en todo su contorno inabarcable.
En ellas, en cambio, tanto la pose como la ubicación son diferentes. Muchas más veces que los hombres aparecen semiocultas entre otros cuerpos, sentadas abrazando sus rodillas o con accesorios como pareos, gafas de sol o sombreros. Da igual si tienen un cuerpo que se puede considerar normativo o no lo tienen.
No es difícil imaginar el contexto previo a la toma de la foto: “Ay, no me dejes aquí”, “¡Avisa para meter barriga!”, “Yo mejor me siento”, “Sin pareo no, que se me va a ver mucho la barriga”… Ellos esperan a que ellas terminen con sus preparativos y, en el momento justo, se giran hacia el objetivo, sin más. No digo que sea así en todos los casos, ni siquiera que sea la norma, pero sí lo he visto bastante este verano.

2. La sobreexposición de los niños
El verano está hecho para los ricos y para los niños, lo tengo claro. Qué monos están jugando durante horas en la playa o la piscina, ajenos a los problemas de la vida adulta de los que sus padres no logran desconectar ni siquiera en vacaciones. Ojalá vivir para siempre en un verano de la infancia.
A mí me encanta ver fotos de mis pequeños familiares e hijos de amigas disfrutando sus días de verano, especialmente, mis sobrinos. Pero creo que el orgullo de padre/madre ciega y son demasiadas las personas que se pasan con la sobreexposición y llegan a subir incluso fotos de niños desnudos.
Podrían haber pasado las imágenes por canales más privados si lo que querían es que las vieran las personas de sus círculos, pero no hay ninguna necesidad de subir fotos de los niños a redes sociales. Y temo por la integridad de todos los padres que dicen “Yo crío como me da la gana y los subo a mi Instagram si quiero, que para eso son mis hijos”.
Si los posibles usos con propósitos pedófilos de esas imágenes o la falta de privacidad a la que expones a una persona que no puede consentir te valen todo esos likes o comentarios, me parece que tienes habilidades muy cuestionables para la maternidad y la crianza. Es más, alimentas mi defensa de que la reproducción debería conllevar la acreditación de algunas competencias mínimas, igual que se piden chorromil papeles para adoptar y se habla ya de cursos de formación para quienes quieran tener perros.
Afortunadamente el verano ha terminado, pero no el postureo, las desigualdades de género y la inconsciencia de algunos padres. Seguiremos viendo todo eso también con la vuelta al cole y a los trabajos, y ni siquiera me parece consuelo que, al menos, podamos hacerlo con una mantita y un té calentito en el sofá.