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Ha vuelto a pasar.

Netflix estrena una película para el público adolescente y ahí estoy yo con mis treintaytantos sentada en el sofá shippeando a esa pareja que poco falta para que puedan ser herederos míos.

Tengo claro que si alguna costumbre va a dejar instaurada para la posteridad nuestra generación es la de «se ven películas de adolescentes se tengan los años que se tenga».

Así que ayer noche no había mejor plan para comenzar el fin de semana de San Valentín, y de Carnaval por estos lares, que meterse en vena el último capítulo de la historia de amor De Lara Jean & Peter.

«A todos los chicos. Para siempre» es el cierre de esa trilogía que tantos buenos momentos nos ha hecho pasar, es el final de esa historia de amor de instituto americano que todas hubiéramos querido tener alguna vez en la vida y la envidia máxima por esas taquillas que no tenemos a este lado del Atlántico.

El paso de la adolescencia a la madurez, las vidas planificadas al milímetro, lo ideal que es todo en la teoría… y lo rápido que se desmorona cuando la vida se salta alguno de los escalones.

Creo que no hago spoiler si digo que el final, es el final que todas esperamos. Creo.

Los amigos, las diferentes universidades, los miles de km, las historias de amor del entorno…

La vida en general se se les va «complicando» y tú te sorprendes hablándole a la pantalla diciendo cosas como «esto no puede acabar así», «vete, corre, que te vas a arrepentir», «jo, qué bonito», «¿ves? eso sí es amor del bueno»

En este mundo loco, y más en estos tiempos, en los que el amor romántico elevado al máximo extremo va dejando cada vez más paso al amor del bueno, al que respeta, acompaña y apoya, «A todos los chicos. Para Siempre» lo plasma. Y oye, puede ser que sean cosas de esta treintañera con espíritu de quinceañera pero me parece que en el trasfondo, y en la superficie, envía un mensaje muy importante en esa edad en la que hay que tomar muchas decisiones en un corto espacio de tiempo y encima con una fiesta de hormonas en tu interior.

No es fácil amiga, por eso todas las películas que vengan a colaborar con la causa, son un sí. Aunque sean de esas superficiales, sencillas, de domingo por la tarde…

A lo largo de la película, me he emocionado, he sonreído mirando a la pantalla casi como si estuviera en la boda de alguna amiga y he adorado a Kitty.

Y ojalá que nunca se pierda esa costumbre de escribir cartas de amor. 

Y oye, que yo quiero un baile de graduación y que me vengan a buscar con un cochazo mientras bajo las escaleras inexistentes de mi casa con un vestidazo.