Llevo muchos años ejerciendo de maestra; casi la mitad de mi vida, de hecho. Soy lo que vendría a ser una maestra generalista de primaria: doy Matemáticas, Castellano, Sociales, Naturales… Nunca he trabajado de otra cosa y, en eso, he tenido suerte: me dedico a lo que más me gusta. Hace un par de años, en un arrebato tras sacarme un máster, decidí salir de mi zona de confort. Y claro, puestos a salir… ¿qué mejor que hacerlo en una cárcel?
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No fue fácil encontrar el camino para pedir una plaza en un centro penitenciario. No hablamos de “dar clase entre rejas” en el sentido cinematográfico, sino de centros de formación de adultos que funcionan dentro de una prisión. Cuando se lo conté a mi pareja no le hizo especial ilusión, pero acabé formando parte del claustro de un talego de hombres. Solo hombres. A partir de 22 años. Sin excepción.
Para quienes os hacéis las preguntas clave, voy al grano:
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No llevan uniforme; visten como quieren (normalmente cómodo).
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La oferta va desde alfabetización hasta carreras online.
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Muchos vienen “obligados” por sus educadores, pero acaban enganchándose.
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No hay policía dentro del aula. Estás sola con ellos. Eso sí, llevas un pulsador; un pequeño botón que, psicológicamente, hace mucho.
No voy a idealizarlo: hubo momentos complicados. Pero cuando salía mi “voz de maestrilla”, caían broncas de las que hacen historia: mano de santo. Cabezas gachas, miradas a la mesa y un coro de “perdón, señorita” digno de un aula de doceañeros. Aprendí jerga taleguera (chabolo, código 0-1-2, estar chapao), pero sobre todo, me reí mucho. Como cuando aquel interno, considerado de los más peligrosos, me hablaba con orgullo de un pimiento que cultivaba en la ventana como si fuera su mayor logro vital.
Tenía un buen rato de coche cada día, y ese trayecto se convirtió en mi ritual: al ir, me ponía una especie de piel impermeable; al volver, me la quitaba. Porque me encantaba enseñarles, pero no podía olvidar quiénes eran algunos de mis alumnos. Había chicos que cruzaron el estrecho bajo un camión con trece años; narcotraficantes impecables que siempre olían de maravilla; sicarios, capos de mafias europeas que entregaban los deberes a tiempo… y sí, también había agresores sexuales. Y también eran mis alumnos.
¿Cómo se gestiona eso? Con la piel impermeable. No hay más truco. Estuve allí un tiempo, hasta que decidimos en familia que lo mejor era que volviera a mi plaza en una escuela de primaria. Creo que, con esa decisión, mi pareja volvió a respirar.
Cuando regresé a mi escuela, me di cuenta de cuánto pesaban los barrotes y las identificaciones constantes. Volví a mi aula llena de colores, a los cojines en el suelo y a algo tan simple como poder abrazar a un alumno sin pensar si era o no apropiado. ¿Dónde aprendí más? Sin duda, en la cárcel. Porque allí trabajé la humildad, la empatía… y, sobre todo, el arte —nada fácil— de no juzgar.