Durante años viví con miedo.
No un miedo abstracto o exagerado, sino uno muy concreto: miedo a las consecuencias dentro del entorno laboral. Miedo a hablar, a señalar lo que no funcionaba, a poner límites. Miedo a perder oportunidades, estabilidad, reconocimiento. Miedo, en definitiva, a molestar.
Ese miedo no apareció de la nada. Se fue construyendo poco a poco, alimentado por malas formas, por actitudes autoritarias, por silencios incómodos y por dinámicas donde el respeto parecía opcional cuando venía de personas “superiores” al equipo. Con el tiempo, el cuerpo empezó a hablar antes que yo: ataques de ansiedad, tensión constante, agotamiento emocional. Aguantar se convirtió en rutina.
Siempre he sido, de alguna manera, un perro verde. Mi condición neurodivergente hace que me cueste profundamente tolerar las injusticias y que no soporte la mediocridad en el trabajo. Y no porque me crea mejor que nadie, sino porque el trabajo es una de las cosas que más me importan. Es donde pongo energía, compromiso, identidad. Por eso resistí tanto. Por eso me di de bruces, una y otra vez, contra paredes inamovibles. En el camino perdí compañeros y compañeras que decidieron abandonar la batalla: por miedo, por cansancio, por desesperanza. Yo opté por callar, por esconderme, por hacerme pequeña, por intentar no brillar. Y ese esfuerzo constante por reducirme me desgastó tanto que estuve a punto de perderme a mí misma.
El miedo nos paraliza de maneras que no siempre se ven desde fuera. Aunque vayas a un lugar donde trabajas con amor, devoción y compromiso, ese miedo puede devorarte al despertar, llenar tu pecho de angustia, hacer que cada paso se sienta más pesado que el anterior. Es un miedo que se parece mucho al que sientes cuando atraviesas una separación: crees que no podrás sola, que las responsabilidades y los retos son demasiado grandes, que el mundo se te viene encima. Y aun así, aunque el corazón esté temeroso, sigues sobreviviendo. Porque lo que realmente queremos no es solo sobrevivir: queremos vivir, existir plenamente, sin dejar que el miedo dicte cada decisión.
Y aun así, seguí.
Cuando finalmente decidí dar un paso adelante, mucha gente me dijo lo mismo:
“Qué valiente eres.”
Pero no.
No fue valentía.
Fue cansancio de tener miedo.
No fue un gesto heroico ni una demostración de fortaleza extraordinaria. Fue un acto de autoprotección, de amor hacia mí misma y también hacia mis compañeros y compañeras, porque no era la única que estaba viviendo esa sensación. El miedo no era individual; era compartido, aunque muchas veces se viviera en silencio. Y fue precisamente cuando empezamos a ponerle palabras, cuando nos atrevimos a decir “yo también tengo miedo”, cuando hablamos de las consecuencias posibles y reales, cuando aparecieron las lágrimas de pura desesperación y los abrazos sinceros entre compañeros, que algo cambió. En ese espacio frágil y humano, el miedo perdió fuerza. Ahí fue cuando nos volvimos más fuertes; cuando me volví más fuerte.
No me siento una mujer valiente.
Me siento más bien como una pequeña hormiga luchando contra un dinosaurio enorme. Y quien haya estado ahí sabe que esa lucha es profundamente desigual, agotadora y, muchas veces, solitaria. Hay días en los que una solo quiere esconderse, dejar de empujar, desaparecer un poco.
Pero este año decidí ponerle fin.
No fue una decisión impulsiva. Llegó después de mucho trabajo personal, de acompañamiento con un equipo de psicólogos, de mirar de frente lo que me pasaba y aceptar algo fundamental: soy lo que soy y soy como soy. Y no quiero seguir escondiéndolo para encajar en lugares donde el miedo es la norma.
Hablar no me convirtió en valiente.
Dejar de callar no me hizo fuerte de repente.
Lo que hice fue dejar de temer tanto como para seguir traicionándome.
A veces, lo que se llama valentía es simplemente el último recurso de alguien que ya no puede más. Y reconocer eso también importa. Porque romantizar la valentía puede invisibilizar el desgaste, la ansiedad, el trabajo interno y el precio emocional que hay detrás de cada paso adelante.
Hoy no me defino como valiente.
Me defino como alguien que ha decidido no vivir más desde el miedo.
Y eso, aunque no suene épico, cambia vidas.
Quiero agradecer, de corazón, a todos los compañeros y compañeras que, aun viviendo desde el miedo y la desconfianza, nos cuidamos, nos curamos y nos protegemos mutuamente. Sin ese sostén, sin esos gestos de humanidad compartida, este camino habría sido mucho más solitario y difícil. Gracias por estar, por sostener y por creer en la fuerza que nace cuando dejamos de temer juntos.
Parvaty