Hay dos tipos de personas: las que tienen vacaciones… y las que creíamos tenerlas hasta que empezamos a mirar la reserva. Os voy a contar cómo pasé de estar organizando mis vacaciones soñadas… a recibir una torta en toda la cara que me trajo de vuelta a la realidad.

Llevaba bastante tiempo ahorrando para mis vacaciones soñadas y empecé el año con la sensación de que este año sí, este año me voy a pegar unas vacaciones de esas de ensueño, con playa, piscina, cócteles y que me lo hagan todo, porque me lo merezco y yo lo valgo. Que para eso trabajo mucho y duermo poco por culpa del estrés.

Empecé a buscar hotel con un montón de meses de antelación. Visité todas las webs de reservas habidas y por haber, comparando precios, en busca del chollo soñado. Y un buen día, lo encontré. Las fotos de la web del hotel eran preciosas y el precio era tan bueno (demasiado bueno, en verdad) que no me lo pensé dos veces e hice la reserva, convencidísima de que era una chica con suerte. Solo tenía que pagar la mitad de la reserva. No daban opción de seguro de devolución por cancelación, pero no me importó demasiado porque no tenía ninguna intención de cancelar nada.

Es que teníais que ver las fotos: varias piscinas, tumbonas por doquier a la sombra de palmeras, camas King size, baños forrados de mármol con jacuzzi incluido… Yo ya me visualizaba allí, recibiendo el trato de princesa que merezco.

Pensándolo después (a toro pasado todo es más fácil de ver), es cierto que el precio era sospechosamente bueno, pero tampoco me quise hacer muchas preguntas, porque en ese momento todo tenía sentido. Promocionaban nueva remodelación del hotel y ofertas para los cien primeros nuevos clientes para volver a llenar el negocio. No vi red flags, tan solo vi la oportunidad de mi vida y me lancé de cabeza.

Las primeras sospechas empezaron a aparecer cuando comencé a recibir mails raros. En el que supuestamente me enviaban la confirmación, no acababan de quedar muy claros los días de la reserva. Y si clicabas en el enlace que había más abajo, te decían que tenían problemas técnicos y en breve se pondrían en contacto conmigo. Y estaba tan mal escrito que parecía que lo hubiesen redactado con el Google Translate.

Recibí un par de mails más, en los que seguían diciendo que tenían problemas con la web pero que en cuanto los arreglasen recibiría la reserva definitiva. Pero después se hizo el silencio. Empecé a sospechar que igual algo no cuadraba a la semana de no recibir ningún mail más. Decidí escribirles, preguntando por mi reserva, pero dos días después aún no sabía nada. Fui a consultar la web del hotel y la dirección daba error. Página no encontrada. La web había desaparecido más rápido que mi ilusión.

Cuando lo comenté con una compañera de trabajo, esta me obligó a abrir definitivamente los ojos a la cruda realidad. Muy en el fondo, he de reconocer que me lo veía venir… pero no quería verlo. Tuve que reconocerme a mí misma y en voz alta que me habían estafado, porque había hecho una reserva en una web fantasma.

Así que ahora mismo, no tengo reserva, no tengo alojamiento y, de momento, no tengo dignidad. Y es que cuando algo parece demasiado bueno es que algo malo esconde.

Yo que creía que era espabilada y este año no tengo vacaciones, más allá de quedarme en casa, sentadita en mi sofá. Eso sí, he aprendido una valiosa lección. Aunque me habría salido más barato no aprenderla.