Nunca he sido una persona especialmente supersticiosa. De hecho, siempre me he reído bastante de esas cosas. Si alguien hablaba de energías raras, mal de ojo o limpias con hierbas, yo me reía o cambiaba de tema. Pero llevaba unas semanas viviendo una racha tan MALA que empecé a sospechar que mi compañera de trabajo me había hecho algo de eso.

Desde que me felicitaron delante de ella por un proyecto que me había salido muy bien, empezó a tensarse nuestra relación. Recuerdo perfectamente que sonrió muy forzada y dijo delante de todos: «qué suerte tienen algunas siempre».

El mismo día derramé un café entero sobre unos documentos que llevaba una semana preparando. Después se bloqueó mi ordenador justo antes de poder imprimirlos de nuevo para una reunión importante y, cuando conseguí reiniciarlo, apareció una actualización que decidió ocupar todo el tiempo que no tenía.

Pensé que era una serie de catastróficas desdichas, como la peli.

La semana siguiente desaparecieron mis llaves y estuvieron tres días perdidas. Las encontré dentro de la nevera. Vivo sola y era imposible que yo las dejase allí.

Después llegó la fase tecnológica. Se rompieron los auriculares, la impresora decidió imprimir páginas en blanco durante una mañana entera y el mando del proyector de mi oficina dejó de funcionar. Le cambié las pilas, lo golpeé suavemente contra la mano y nada. Dos días después, cuando vino el técnico y se dispuso a repararlo, volvió a funcionar como si no hubiese pasado nada.

Mientras tanto, mi compañera parecía estar atravesando el mejor momento de su existencia. Cada vez que la veía tenía un aspecto radiante, mientras que yo, todo lo contrario. Llegó un punto en el que empecé a ponerme nerviosa cuando me preguntaba cómo me iba.

No ayudó nada que una mañana me encontrase en el cajón de mi mesa, escondidos, unos palos atados con unas letras en otro idioma. Intenté pasarles el traductor de Google Lens, pero no los reconocía. Y puedo asegurar que no eran míos. Esto era demasiado raro para alguien tan susceptible como yo.

Hace unos días salí de casa con tiempo de sobra para llegar al trabajo, pero el autobús pasó antes de hora, el siguiente llegó tarde, empezó a llover, se me rompió el paraguas… Y cuando por fin llegué a la oficina descubrí que me había puesto dos mocasines distintos. Superparecidos y del mismo color, eso sí, pero distintos. Al mediodía me volvió a preguntar qué tal me iba todo y, a los 5 minutos, se me cayó el cepillo de dientes en el inodoro del trabajo.

Ayer, al llegar al trabajo, me encontré a mi compañera en la cafetería. Llevaba un trébol de cuatro hojas plastificado colgando del llavero. Me llamó tanto la atención que me quedé observándolo más tiempo del que debería. Lo guardó rápido y dijo que se lo habían regalado porque, según ella, daba muchísima suerte.

¿Entonces era eso? ¿No me había echado el mal de ojo, pero sí me había quitado toda «mi suerte» para ella? Obvio que no tengo ni pruebas ni explicación, pero decidí preguntarle a la persona más mística que conozco y he hecho todo lo que me ha dicho. Quien me ha visto y quien me ve…

Hoy llevé una pulsera roja con 7 nudos, una moneda antigua en la cartera pegada con celo a una hoja de laurel y una planta que me dio metida en el sujetador. Pensé que simplemente sería un placebo, pero no: parece que la situación se ha estabilizado.

Mientras yo tuve un día de nuevo excelente, era ella la que parecía vivir en la peli de una serie de catastróficas desdichas.

Pero… tuvimos una reunión de equipo y fui felicitada de nuevo por un proyecto. Ella también me felicitó. Deseé con todas mis fuerzas que mis «amuletos» funcionasen.

Al llegar a mi casa no encontré las llaves. Llamé a un vecino y, cuando subí a mi piso, las había dejado todo el día colgadas de la puerta de mi casa. Al menos esta vez no se quedaron dentro.