El bachillerato es una época de efervescencia hormonal. En ese momento estamos todos los adolescentes más calientes que enfoscando una pirámide. A esa edad ya casi todos hemos descubierto nuestra sexualidad y, mínimo, tenemos claro qué personas nos gustan y cuáles no. Es más, hay gente que ya para entonces ha tenido sus primeras experiencias sexuales. Por eso es tan importante tener charlas de educación sexual en los institutos, cada vez a edades más tempranas, por cierto. Porque no se puede confiar en que todas las familias sepan llevar a cabo las temidas charlas sobre sexo con sus vástagos y luego pasan cosas como que los adolescentes aprenden todo lo que necesitan saber sobre sexo con vídeos de internet, de dudosa calidad, a través de experiencias de amigos que tienen, aún, poquísima idea de lo que están haciendo, o no aprenden nada en absoluto, que, si me preguntan, es la peor alternativa porque, aunque sea para no quedar en ridículo, hay ciertas edades a las que hay que llegar con la información aprendida. 

Cuando yo estaba en bachillerato, por ejemplo, en clase había dos personas homosexuales y el resto éramos heteros. Pero casi todos sabíamos ya de qué iba la sexualidad. Y digo casi todos porque estaba el caso de Alicia. Le pongo ese nombre ficticio porque Alicia, para entonces, vivía más en el País de las Maravillas, que en el mundo real. Vamos, que estaba en la inopia. Tanto ella como su entorno familiar eran personas muy religiosas. A tal nivel que ella quería llegar virgen al matrimonio. Todo muy respetable, por supuesto. Pero cuando en clase de patrimonio tuvimos que leer un artículo que incluía la palabra “cunnilingus”, esa ignorancia acerca de la sexualidad quedo muy de manifiesto. Que, por cierto, a día de hoy ni yo, ni ninguno de los amigos que conservo de aquella época, recordamos de qué iba ese artículo y tampoco nos parece explicable a santo de qué, en una clase de patrimonio artístico, teníamos que leer la palabra “cunnilingus”. Pero ese es otro tema. 

El caso es que nuestra querida Alicia, en un momento en el que todos estábamos en silencio cada uno inmerso en su lectura individual, levantó la mano. Manuela (nombre inventado porque, evidentemente, como adolescente de los noventa yo solo recuerdo el mote que le teníamos puesto a esa señora), la profesora, cercana a la jubilación, divorciada y con una actitud de ir de vuelta de todo, se acercó a ella para resolverle la posible duda. Gracias a Dios que se acercó y Alicia no tuvo que formular su pregunta en voz alta, lo cual hubiera captado la atención de toda la clase. Porque, como habréis adivinado por el contexto, la pregunta era: ¿qué es un cunnilingus?

Por supuesto, todos los presentes estábamos más atentos a lo que pasaba en el aula, que a la lectura del artículo. Porque la capacidad de atención y concentración de un adolescente es la que es. Y, en general, resulta más interesante el mundo real, que lo que te han mandado hacer. 

Así que la profesora tuvo que susurrarle a Alicia una explicación más o menos extensa de lo que viene siendo una comida de coño. 

La verdad es que, a día de hoy, lo pienso y me sorprende la reacción general del resto de alumnos. Porque, en una época en la que el bullying, los motes y las ganas de buscar razones para reírse de alguien, estaban bastante a la orden del día, curiosamente, nadie hizo mofa nunca de eso. Aunque, a día de hoy, todos los que estábamos presente en esa aula, recordamos perfectamente el momento.

En fin, que menos mal que los adolescentes de hoy en día están más informados y, en general, hay más concienciación sobre lo malo que es el bullying. Porque la anécdota podría haber acabado en trauma, fácilmente. 

 

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