Alquilé una habitación en mi casa y ahora vivo con una ‘inquiokupa’
Me divorcié hace dos años. Mi exmarido y yo compramos la vivienda a medias, pero cuando nos separamos él renunció a su parte y me la vendió para poder regresar a su país de origen sin cargas económicas. De esta manera, a día de hoy, afronto yo sola la hipoteca. En las últimas revisiones anuales de la cuantía de hipoteca, me ha ido subiendo a niveles asfixiantes. Quise vender. Sin embargo, no me daban lo que pedía y tampoco encontraba otra opción a la que marcharme, ya fuese de alquiler o compra. Todo carísimo, por las nubes, y para vivir ahogada en otra casa, consideré quedarme en la mía.

El arrendamiento de una habitación
No podía hacer frente a los pagos. Apenas me daba para malvivir. A final de mes, incluso, no pasaba de un plato de arroz blanco o un bote de lentejas hasta llegar a cobrar. Lo he pasado francamente mal. Una amistad me sugirió poner la segunda habitación de mi casa en alquiler. Esta persona sugirió alquiler vacacional, pero mi vivienda no está especialmente bien ubicada para que un turista disfrute de la ciudad. En cambio, sí que hay polígonos cerca que mueven un gran número de trabajadores. Pensé que sería buena idea alquilar esa habitación, pero en régimen de larga temporada.
Tuve varias personas interesadas y al final me decanté por una mujer, algo más joven que yo, de unos cuarenta y pocos, que trabajaba en una fábrica de cosméticos. Estaba en una situación vital muy similar a la mía y creí que, además de ser compañeras de piso, podríamos ser amigas.

Me equivoqué.
La inquilina que se convirtió en okupa
Ella no parecía estar interesada en crear un vínculo personal conmigo. Entraba y salía, hacía uso de las zonas comunes, invitaba a su hija cada dos por tres, pero apenas compartía tiempo conmigo. Entendí que no estaba obligada. No obstante, empecé a sentirme incómoda en mi casa y no era una situación que me agradara. Pronto, percibí que yo era la que sobraba, ya que no tenía tanta vida social como ella. Invadía mi espacio con sus cosas, sus amigos y familia, y yo me hacía chiquitita en una esquina.
A los pocos meses, la fábrica la despidió al no superar el periodo de prueba y mi inquilina se quedó en paro. “En paro” es una forma de hablar, ya que no llegaba al mínimo de tiempo para cobrar una prestación. De repente, se quedó sin ingresos. En esta ocasión, sí que se dirigió hacia mí para pedirme una prórroga de la mensualidad en lo que buscaba un nuevo trabajo. No era una idea que me entusiasmara, pero empaticé con su realidad y le di un par de meses, lo máximo que yo podía asumir gracias a los ahorros de los meses que sí había pagado.

Han pasado ocho meses y sigue sin pagarme. Tampoco se va, ni siquiera ayuda en casa. Se ha convertido en una ‘inquiokupa’ con el hándicap de que, además, vive conmigo. Me la tropiezo por los pasillos y, como la he intentado echar reiteradas veces -incluso recurriendo a la justicia-, ahora me insulta, me agrede y me roba.
A duras penas pago la hipoteca de una casa en la que vivir se ha vuelto una auténtica pesadilla. Estoy desamparada por la justicia, como propietaria y como persona, ya que convivo con una morosa que encima me maltrata. Lejos de tenderme una mano, un agente de policía llegó a pedirme que sea agradecida: “Al menos, no ha cambiado la cerradura”, me soltó. Un infierno.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real.