Si me pinchan, no sangro.
Llevaba, según mi vida laboral, 3569 días trabajando para mi empresa, casi 10 años. Aunque yo diría que más, porque, al ser la más veterana (después del jefe), acababa resolviendo incidencias de noche, en festivos y fines de semana. Algunos compañeros bromeaban con que yo era la verdadera jefa de la empresa.
Siempre he tenido una relación entre cordial y buena con mi superior. De hecho, en alguna ocasión hemos resuelto alguna incidencia importante en alguna cafetería fuera de horario laboral. Considero que siempre ha sido agradecido con mi trabajo, y yo también agradecida con él por darme la oportunidad de ser su mano derecha. Yo había empezado sin experiencia, había sido mi primera experiencia laboral y a día de hoy ya era categoría sénior. En comparación con todo lo recorrido hasta la fecha, me quedaba poco para entrar en categoría máster y que también se reflejase en mi nómina.
Cuando pasé de júnior a sénior, mi salario base se vio incrementado en casi 400 € mensuales más. Apenas me quedaban 3 meses para pasar de sénior a máster y recibir casi otros 400 € más al mes. Estaba súper ilusionada, como es lógico, ¿a quién le amarga un dulce? Además, me lo había currado enormemente.
La semana pasada cumplía 9 años y 8 meses en la empresa. Mi jefe me citó; supuse que por alguna incidencia, reunión o para hablar del incremento salarial, como había pasado casi 5 años atrás.
Me despidió.
Pero tenía que dar gracias por el buen finiquito que me quedaba. Según él.
Había que dar nuevas oportunidades a nuevos perfiles, y mi puesto era el más obsoleto. Según Recursos Humanos.
Lloré delante de ellos. Alba, la chica de Recursos Humanos que había empezado hacía apenas un par de meses, decía que la empresa necesitaba personal joven con nuevas ideas. Pero si apenas acabo de hacer los 30 años, ¿esperaban tener personal cualificado de 20 años? Yo había tardado casi 10 años en llegar a donde estaba y poder «dominar» todo en la empresa.
Aun así, no había vuelta atrás. Alba me dio la documentación para que la leyese y esperaba que ese día, o como muy tarde el siguiente, se la entregase firmada. El viernes sería mi último día.
Cuando mis compañeros me vieron salir llorando, se alarmaron. Si yo estaba despedida, asumían que la empresa se iba al garete y todos estarían fuera. Pero no: se ve que ellos aún eran carne fresca para el sector, aunque apenas les llevase uno o dos años.
Reconozco que la cantidad del finiquito era muy sustanciosa; me lo pagarían reconociendo que sería un despido no procedente: si no denunciaba o no me negaba a firmar, recibiría casi 20 000 €. Entre eso, el paro acumulado, mis ahorros y mis casi 10 años de experiencia en el sector, hasta podría montar un negocio haciéndoles la competencia.
Decidí aceptar. En lugar de ir a Recursos Humanos, fui directamente junto a mi jefe. Necesitaba una explicación mejor. Dijo que Alba tenía muchos contactos en el sector y tenía varios candidatos para estar en mi puesto. Además, con la subida que tendría que tener más lo que ya cobraba, le salía más a cuenta despedirme y tener dos júnior que tenerme a mí. Esto era increíble.
Por si fuera poco, me dijo: «pero oye, no te desanimes, yo te hago una carta de recomendación sin problema. Además, aprovecho para darte esto, espero verte». Una invitación de su boda. Menudo vacile.
Pero bien decía mi abuela que quien ríe el último ríe mejor, porque cambiarme por dos novatos le salió el tiro por la culata. Yo pedí el pago único del paro para poder invertir en mi futuro negocio. Me hice consultora autónoma y, cada vez que me preguntaba algo de la empresa que sabía que yo dominaba, le enviaba previamente la factura antes de contestarle. Al principio me echaba en cara cómo podía cobrarle después de tantos años trabajando mano a mano, ya que solo me estaba pidiendo un favor. Yo solo le contestaba que era mi trabajo ahora y que, como en los viejos tiempos, debía pagarme por trabajar.
Él no volvió a hacer mención de su boda. Obviamente, tampoco iba a ir.
