Esto que os voy a contar, si es una historia mía, personal y totalmente real. Muchas veces me preguntáis por privado cómo es posible que haya vivido tantas aventuras incompatibles, y es que me gusta mucho más escribir en primera persona, pero visto que lleva a confusión, intento hacerlo menos… Excepto hoy que, como os digo, es totalmente mío.

Hace muchos más años de los que me gusta reconocer, yo era una adolescente que vivía atormentada, ya sabéis, las hormonas, la introspección, el mundo que no te entiende… El caso es que, en mi barrio, tenía un amigo que, aunque no lo parecía demasiado al principio, siempre fue un buen amigo para mí. Me sacó las castañas del fuego alguna vez que, por ingenua, me había metido en algún lío. Yo le escuchaba cuando, sin que hubiese nadie delante, se quitaba la careta de prepotente indestructible, y me contaba las cosas que le hacían daño, lo que esperaba de la vida…

Nos fuimos haciendo mayores y él siempre me observaba. Nos veíamos poco pero, si nos cruzábamos dos veces en que yo no sonreía como siempre, me llamaba enseguida para saber qué estaba yendo mal y cómo me podía ayudar. Siempre presumía de ser distante y de no preocuparse por nadie, pero cuando supo que un encargado en mi trabajo me había hecho una jugarreta por la que debía volver de madrugada sola andando a casa, me llamó y me indicó dónde esperar para estar segura en un lugar donde no había mucha luz  y apenas pasaba un alma, hasta que llegó él con su coche a buscarme. Recuerdo su cara de cabreo. “Pero ¿¡cómo te hace eso!? ¿¡No ve las noticias!? ¡Y tú! ¿No me sabes llamar? Que no se te ocurra volver sola y no llamarme.Vivía en un lugar bastante tranquilo, pero en el barrio que debía atravesar para llegar al mío, habían violado a dos chicas de mi edad en el último mes y todas teníamos bastante miedo. Mi encargado había prometido a su compañero que él me llevaría a casa, pero cuando nos quedamos solos, me dijo que no, que tenía prisa (cosas que pasan cuando rechazas a un hombre con una masculinidad frágil).

El caso es que mi amigo, llamémosle Yeray, aunque siempre se hacía el distante, en realidad estaba siempre dispuesto a ayudarme y a preocuparse por mí.

Un tiempo después, una ruptura muy dolorosa le llevó a irse lejos. Tenía que romper con todo y yo lo entendí. Un par de años después volvió a la ciudad con una chica que aseguraba que sería la madre de sus hijos.

Alquilaron una casa a las afueras y él empezó a trabajar de lo que encontraba. Aquella chica siempre me pareció muy peculiar, pero era maja y a él se le veía feliz. Más tarde  directamente no se le veía, porque trabajaba muchas horas y luego debía atender a sus 5 perros, que daban mucho trabajo. Su novia tenía una fijación con los animales y, cada poco tiempo, adoptaba una nueva mascota, llegando incluso a llevar a casa una cabra y un montón de gallinas.

Esta chica al fin se dio cuenta de que esa obsesión por llenar huecos con nuevos animales en casa tapaba una infelicidad que, contra todo pronóstico, la llevo a la infidelidad. Total, que dejó a mi amigo por un chico al que había metido en casa delante de sus narices. Y lo dejó solo, con un trabajo de mierda y todo un zoológico que él solo no podría atender. Entonces me llamó. Lloraba como no lo habría imaginado llorar jamás. Estaba solo, traicionado y debía buscar la manera de que aquellos animales, que eran ahora su familia, encontrasen una casa.

Con el corazón partido, lo acompañé al veterinario con uno de sus perros. Allí mismo se derrumbó de nuevo, pues sabía que tenía que deshacerse de aquellos animales que tanto quería.

Lo ayudé, lo consolé, lo acompañé y, de nuevo, se fue lejos huyendo del dolor.

Como siempre pasaba, le perdí la pista un tiempo, después de muchas horas de teléfono y de mensajes a deshora para ponernos al día.

Un día coincidimos conectados en una red social y nos pusimos al día. Se había enamorado de nuevo. Dijo que o quería volver a la ciudad casi que ni de visita. Bromeamos sobre si se casaría de una vez, me contó que ella tenía un niño y, aunque ya había probado el dolor de despedirse de una criatura a la que cuidó como suya y luego despareció, el riesgo le valía la pena, pues estaba construyendo una familia. Tras advertirle que, si le pedía que le comprase una cabra, saliese corriendo y otras bromas internas nuevas, me alegré por él y nos despedimos.  

Pasaron dos años. Yo tuve una niña. Él lo supo, pero no me llamó, supuse que estaría ocupado. Pero un día, de visita en el barrio de siempre para ver a mi madre, tuve que frenar el coche de golpe al ver a Yeray a punto de entrar en el portal donde aun vivía su madre. Me bajé corriendo y, dejando a mi familia alucinada, fui a saludar con mucha alegría a mi gran amigo. Él estaba algo distante, pero supuse que por la sorpresa. Le reñí por no haberme avisado de que venía. Un amigo común se acercó también a saludar y nos reímos un poco. Entonces, ya solos de nuevo, me presentó a su novia como “la que será la madre de mis hijos y es la madre de este niño, que es como mío”. Y allí estaba, aquella chica guapísima, con su hijo, ambos sonrientes. Ella me enseñó un enorme anillo de pedida y yo me alegré por ellos. Tras conocer a mi hija, que venía en brazos de su padre, que había ido a aparcar el coche, charlamos un poco y nos despedimos tras prometer vernos antes de que se fuera.

No supe nada de él en meses que, coincidiendo de nuevo en redes sociales, me pidió un favor. Si podía ser, que no lo saludase por la calle si nos cruzábamos. Que ya me hablaría él cuando fuese adecuado. Al parecer su novia era bastante celosa y él no le había hablado mucho de la gente de la ciudad… Yo le dije que cómo se iba a celar de una amiga de toda la vida que se acerca con su marido y sus tres hijos a saludar y cómo podía pedirme semejante cosa. Entonces él me dijo que lo sentía mucho pero que no iba a arriesgar una discusión con aquella mujer, que era todo para él, por una charla con nadie.

Normalmente me callaría y no diría más, pero es que cada vez que le rompieron el corazón fui la única que le ayudó realmente a recomponerse y la última vez fue muy duro y me exigió mucho esfuerzo para poder ayudarle. ¿Y ahora me pedía que no lo salude porque su mujer se puede celar? Pues mira Yeray, no te saludaré ni cuando vayas con ella ni solo, ni en persona, ni por teléfono… Creo que es horrible lo que estaba haciendo, pero fue su decisión. Siempre presumiendo de ser el hombre dominante y prepotente y cada vez que conoce a alguien lo deja todo y rompe con todo el mundo por si acaso.

Espero que le vaya bien. Lo quise tanto que no puedo desearle mal alguno. Pero también os diré que, como le dije a él, si hay una próxima vez en que se quede tirado, recuerde el día en que pidió a quien siempre llamó su “hermanita” que no lo salude por la calle.

Luna Purple.

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