Cuando mi pareja y yo comenzamos a salir, sabía que no venía solo, sino en pack con su hijo, un adolescente de catorce años que compartía con su ex mujer. No negaré que sentí un poco de vértigo cuando me lo dijo pero, una vez que me hice a la idea, decidí que no sería un problema para mí. Yo no era madre entonces y en cierto modo me empezó a hacer ilusión la idea. Al fin y al cabo no era un niño pequeño, seguro que las cosas irían bien. Ay, qué ingenua fui.

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Cuando me lo presentó, el chico pasó las dos horas que estuve en su casa sin mirarme y respondiendo con monosílabos a cualquier cosa que yo le preguntase. Su actitud era abiertamente hostil, pretendía hacer como que yo no existía, supongo. Lo hablé con mi pareja y me pidió que le diese tiempo, que el chico lo había pasado muy mal durante el divorcio y aun se estaría haciendo a la idea de que su padre salía con una mujer que no era su madre. Comprendí que eso podía ser fácilmente el motivo de su actitud, así que, compasiva, decidí no tenérselo en cuenta.

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A partir de ese momento traté de ganármelo con pequeños gestos. Le pregunté a mi pareja qué snacks y dulces le gustaban a su hijo y cada vez que iba intentaba llevarle alguno. Me daba las gracias, pero sin siquiera mirarme. Cada vez que me surgía la oportunidad, le preguntaba por sus gustos musicales, sus videojuegos favoritos, si veía alguna serie, etc. Pero por más que me esforzaba, nada parecía estar dando resultado.

Pasaron los meses y mi pareja y yo dimos el paso de vivir juntos. La convivencia iba genial hasta que llegaban los días en los que su hijo vivía con nosotros. La tensión se palpaba en el ambiente y aquellos pequeños gestos de rechazo se volvieron mucho más evidentes. A veces incluso me decía cosas crueles. Recuerdo una en concreto. Su padre había salido a comprar y yo fui a sentarme con él en el salón. Entonces, simplemente me miró y me dijo «mi madre me ha dicho que lo tuyo con mi padre no va a durar mucho, porque la primera pareja que se tiene después de un divorcio nunca llega a ninguna parte». Me quedé helada y simplemente me marché para evitar que viese que me había dolido tanto que se me habían saltado las lágrimas.

Pero el verdadero problema llegó cuando decidió empezar a sabotear la relación. Comenzó con pequeñas quejas, como que yo le había estropeado su camiseta favorita en la lavadora y ahora había encogido, o que yo siempre estaba en el cuarto de baño cuando él quería usarlo y así no podía vivir. Si salíamos los tres juntos, intentaba no dejarme participar en la conversación y me interrumpía constantemente. Si yo proponía ir a algún sitio o hacer un plan en concreto, decía que eso era un aburrimiento, y si no hacíamos lo que él quería se dedicaba a amargarnos el día con protestas y malas caras.

Una de las peores experiencias fue cuando mi pareja organizó un día en el parque de atracciones favorito de su hijo para fomentar el acercamiento entre nosotros. Absolutamente todas las actividades o atracciones que yo sugería eran «la gran mierda», textualmente, y él proponía alguna que fuera totalmente opuesta. Si yo decía que algo era guay, resoplaba despectivamente. Le pregunté si quería llevarse algún souvenir para regalárselo y me respondió que no quería que yo le comprase nada. Y cuando se aburrió, fingió que le dolía un tobillo para llamar la atención y nos tuvimos que ir. Fastidió el día entero.

La situación era un fastidio pero hasta ese momento yo había aguantado estoicamente todos sus berrinches y me mantenía positiva. Tenía la esperanza de que aquello pasaría, de que era solamente una fase. Pero aún le quedaba un as en la manga: manipular a su padre. Empezó a decirle que, desde que estaba yo, se sentía olvidado y que ya no pasaba tiempo con él, cosa que no era cierta. Pero mi pareja comenzó a sentirse culpable. Además, le echó en cara que le obligase a convivir conmigo y dijo que cada vez tenía menos ganas de venir a pasar tiempo a nuestra casa, que prefería estar con su madre.

Cuando mi pareja me contó preocupado todo lo que su hijo le había expresado, yo misma decidí ponérselo fácil y marcharme de vuelta a mi casa. Fue ahí cuando me di cuenta de que había perdido. Aquello no era pasajero, al menos no conmigo. Y yo, personalmente, no podía más. Me dolía en el alma tomar esa decisión y así se lo hice saber, pero no quería ponerle en la situación de tener que elegir entre mi amor y el de su hijo, porque el que estaba destinado a ganar, por naturaleza, era el que sentía por su hijo. Y así debía ser. Me marché procurando no hacer drama y le dije que, si las cosas cambiaban, me llamase.

Estaba en mi casa un sábado cuando sonó mi teléfono. Era él, preguntando si podía pasarse por mi casa en media hora. Por supuesto, le dije que sí. Pero cuando abrí la puerta no fue a él a quien encontré, sino a su hijo.

El chico, colorado como un tomate y sin poder mirarme a la cara, me pidió disculpas. Me dijo que cuando volvió a casa de su padre y se lo encontró triste y afectado porque yo me había marchado, se empezó a sentir mal. Era consciente de que yo me había ido por él. Confesó que en realidad yo no le caía tan mal, pero que sentía que le estaba robando a su padre y eso le hacía decir lo que decía y comportarse como se comportaba, porque estaba enfadado conmigo. Pero que no quería ver a su padre sufrir de nuevo y venía a pedirme que volviese con él. Le pregunté por su padre y me dijo que estaba fuera, esperando en el coche. Entonces le llamé y le dije que se fuera, que su hijo y yo nos íbamos a ir juntos a tomar algo y luego le llamaríamos.

Fue la primera vez que pude sentir que conectaba con él. Jamás me había dado una oportunidad hasta entonces. Para mí era fundamental que entendiese que yo no pretendía ni robarle a su padre ni sustituir a su madre. Yo no quería que él perdiese a nadie, al contrario, quería brindarle mi amistad para que pudiera contar con alguien más. Le hice entender que no tenía que competir conmigo por el amor de su padre, pues yo no era su competencia, sino su aliada. Por primera vez pude ver al chico vulnerable que había detrás de toda esa rabia, lleno de inseguridades y miedos.

Las cosas fueron, por fin, mejorando. Tanto fue así que de aquello hace ya dos años y tenemos un pequeño en camino. Mi hijastro tiene ya dieciséis años y se muere de ilusión por conocer a su hermanito. Nuestra relación es muy buena y he conseguido ganarme un puesto entre sus personas de confianza. Porque al final, eso es lo que somos cuando formamos parte de una familia.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.