Cuando la gente dice que organizar una boda saca lo peor de algunas familias, siempre pienso que se quedan cortos. En nuestro caso, la preparación de la boda acabó con mi madre pegándole un bofetón a mi suegra. Mi madre, que no ha pegado ni a una mosca en su vida, consiguió que la sacasen tanto de quicio durante tanto tiempo que explotó de la peor manera.

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Lo curioso es que los problemas no empezaron por nada importante. No hubo una infidelidad, ni dinero de por medio, ni ningún drama familiar serio. Fueron meses y meses de pequeñas discusiones. Que si el menú, las invitaciones, que si quién iba en cada mesa, que si había demasiados invitados de una parte de la familia y pocos de la otra… Mi prometido y yo cometimos el error de intentar contentar a todo el mundo, porque todo el mundo se creyó con derecho a opinar.

Mi suegra es una persona con mucho carácter. Mi madre también, aunque jamás ha sido agresiva, siempre ha utilizado las palabras correctas en el momento correcto. Durante bastante tiempo lograron llevarse de forma más o menos buena, aunque yo ya había notado que no es que se apreciasen, sino que se soportaban. Nunca llegaban a discutir de verdad, pero había comentarios pasivo-agresivos que dejaban un ambiente tenso durante un tiempo.

A pocos días de la boda hicimos una reunión para cerrar detalles que seguían pendientes. En teoría iba a ser algo rápido. Incluso había llevado una libreta porque pensaba salir de allí con todo solucionado. Ingenua de mí.

La conversación empezó normal. Al menos lo normal que puede ser una reunión donde hay varias personas cansadas después de meses organizando un evento. Se habló de las mesas porque, por algún motivo que jamás entenderé, las mesas fueron el tema más conflictivo de toda la boda. Había familiares que no querían sentarse juntos, otros que exigían estar cerca de determinadas personas y algunos que, aunque fuesen amigos y no familia, querían estar cerca de los novios y no de los baños. Mi padre y mi suegro apenas hablaban. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que ambos detectaron el peligro mucho antes que el resto.

Yo estaba revisando la lista cuando empecé a notar que mi madre y mi suegra ya no discutían sobre las mesas. Habían pasado a discutir sobre quién había cedido más durante todos aquellos meses. Y aquí ya no había solución posible. No recuerdo las palabras exactas. Lo que sí recuerdo es la cara de mi madre justo antes de levantarse. Pensé que se retiraría con elegancia… pero no. Le arreó una bofetada. Mi madre ha pegado a mi suegra. Sin anestesia.

No hubo una pelea como tal. Durante unos segundos (o minutos) todos nos quedamos paralizados. Mi padre y mi suegro actuaron rápido, cada uno sujetando a su respectiva esposa y, mi prometido y yo, intentando mediar. Finalmente tuvimos que llevarnos cada uno a sus padres de allí. Mi suegra gritaba que iba a ir a urgencias a por un parte de lesiones para denunciarla, mientras mi madre le contestaba también a gritos que “no si lo hacía ella antes”.

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron casi peores que la propia pelea. Cada rama de la familia tenía una narración distinta. Según la versión que escuchabas, mi madre era una víctima llevada al límite o una amenaza para la convivencia. Mi suegra era una provocadora o una mujer inocente atacada sin motivo. Parecía que cada persona había asistido a una reunión diferente.

Una semana después estaban las dos en el mismo salón, arregladas para la ocasión y sonriendo en las fotos. Si alguien ve esas fotos hoy, pensará que la preparación de la boda fue normal y que ambas se llevan muy bien. Hasta yo lo pensaría. Lo que no se ve es todo lo que había pasado antes: una de las personas que aparece sonriendo en esas fotos, le había pegado a la otra pocos días antes.