Cada año, la llegada del otoño nos regala jerseys suaves, el sabor de la canela y la calabaza en la gran mayoría de nuestras cosas favoritas (incluido el café) y los maravillosos colores que acompañan el cambio de las hojas. De repente, la energía vibrante del verano comienza a transformarse para dar pie a la tranquilidad y empezamos a permitirnos respirar con más calma.

Enamorada de él desde pequeña, siempre he percibido el otoño como la estación donde dejamos atrás las aventuras frenéticas del verano, el estrés energizante de las quedadas con amigos, las noches interminables intentando arreglar el mundo y los bailes desenfrenados para dar paso a nuestro lado más introspectivo. Un lado que necesita paz, infusiones bajo la manta y muchos momentos de desconexión. 

 

 

De hecho, para mí, y sé que para muchos, el año nuevo empieza ahora y no en enero. Y es que octubre siempre nos da el espacio que necesitamos para reencontrarnos y reflexionar sobre quién queremos ser a partir de ahora. Por mucho que lo deseemos, los días largos del verano ya han llegado a su fin y no nos queda otra que enfrentarnos a una nueva etapa. Por lo tanto, el otoño nos enseña que el cambio es también una parte hermosa de la vida y nos invita a abrazarlo.

La metáfora más bonita para entender el simbolismo de esta estación en nuestras vidas se encuentra en las hojas. Como sabemos, muchos árboles (los llamados caducifolios) pierden sus hojas cada año como respuesta al cambio de estaciones. Las hojas son muy importantes para absorber nutrientes de la luz solar, pero, cuando hace mucho frío, el agua en los árboles puede congelarse y entonces, las hojas dejan de trabajar e incluso pueden quedar dañadas por los cristales. Sin embargo, los árboles saben cómo prepararse para esto y empiezan a absorber todos los nutrientes de las hojas cuando los días empiezan a acortarse, por eso vamos viendo el cambio de color en ellas. Cuando un árbol no tiene hojas, no puede conseguir su propia comida, pero cuando llega el invierno, resulta que decide hibernar, como muchos animales.

Las hojas son importantísimas para los árboles, pero estos han tenido que aprender a dejarlas ir para poder sobrevivir. De nuevo, la naturaleza nos enseña una parte importantísima de la vida: por mucho que queramos algo, a veces es mejor para nosotros estar sin ello. Y es mejor despedirse a tiempo, antes de que el daño sea irreversible.

 

 

Sé que el cambio asusta e intimida a partes iguales. De hecho, mucha gente admitirá que es uno de sus mayores miedos, lo que es totalmente comprensible porque, para que exista el cambio, algo nuevo tiene que reemplazar lo antiguo y, por lo tanto, algo dentro de nuestra zona de confort tiene que desaparecer. Sin embargo, cuando estés asustada, me encantaría que pensaras en la naturaleza y que recordaras que el cambio es necesario para sobrevivir, para progresar, para vivir una vida plena. Recuerda la naturaleza, su capacidad de adaptación, su instinto vital, y hónrate a ti misma porque tú también eres parte de ella. Siéntete orgullosa de lo lejos que has llegado, recuerda todo aquello de lo que ya te has despedido para ser la persona que eres hoy. Gracias al cambio, te has convertido en una persona tan maravillosa y eso es algo hermoso. Recuerda que no podríamos apreciar la inmensa belleza del otoño y sus colores si los árboles no aprendieran a dejar ir, a soltar, y a comenzar de nuevo. 

 

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