Mi vecino no es precisamente esa persona agradable con la que tomarías café todas las tardes. Desde que llegó aquí con su pareja ha tenido problemas con todos los vecinos cuyas casas colindan con la suya, unas veces por problemas con el coche o el aparcamiento, otras por ruidos. Uno de sus actos estelares es haberle deslizado improperios muy desagradables a una vecina, en plan acosador baboso callejero, y luego negarlo todo y propiciar que su pareja y la vecina en cuestión se peleen en mitad de la calle.

Hace unos meses, su pareja se marchó después de una sucesión de episodios preocupantes de gritos e insultos, algunos de ellos a las tantas de la mañana. La chica tomó la mejor decisión de su vida y se largó para siempre, dejándonos aquí el regalito que tenía por novio. Los gritos y peleas terminaron, pero no las fiestecitas en la terraza con los colegas, con la música a todo volumen cualquier día entre semana.

Un día le dio una crisis y avisó a mis vecinos de al lado, que lo socorrieron como pudieron. Que iba puestísimo es algo que ni cotiza. Después del numerito, se fue por donde vino y al vecindario no nos quedó otra que resignarnos y esperar a ver cuál sería el siguiente episodio.

El episodio

Estando yo una mañana en casa, escucho que gritan desde fuera el nombre de mi chico. Él sale y se encuentra al vecino diciendo que le está dando un ataque, que se va a morir y que por favor lo ayude. Se tiró a la acera, que estaba hirviendo por el sol, en una postura difícil de explicar. Cuando mi novio le sugirió que se levantara, que se iba a quemar, el tipo se metió en mi casa, que estaba abierta, y se tiró semidesnudo en la primera cama que encontró. Allí solicitó masajes, hielo y un cubo para escupir.

Llegué yo, le pregunté qué le pasaba y anuncié que iba a llamar a una ambulancia inmediatamente. Él primero dijo que sí, luego que no. Cuando ya llevábamos 10 minutos esperando a los sanitarios, me pidió que llamara para cancelarla porque él ya se encontraba mejor, como el que está esperando un Uber. Pero mi vecina, que estaba al tanto de todo, me dijo que ni si me ocurriera llamar, que llamara él si quería.

Cuando llegaron los sanitarios, pidieron las explicaciones de rigor, le tomaron la tensión y poco más. Para entonces ya se habían agolpado varios vecinos en la calle porque la ambulancia estaba taponando el tráfico, y todos nos mirábamos con cara de circunstancias. Aquel era el enésimo numerito del tipo, y no sería el último.

Cuando los sanitarios terminaron su trabajo allí, le pidieron que les acompañara para hacerse alguna otra prueba más en el hospital, a lo que él se negó. Ahí fue cuando yo estallé y, probablemente, quedé de poco empática. Le dije que se fuera con ellos, que nosotros no teníamos conocimientos médicos para poder ayudarlo y que debería someterse a más pruebas para que le pudieran poner un tratamiento acorde.

El tipo accedió, supongo que por vergüenza. Tuvo 15 minutos esperando a los sanitarios mientras recogía la casa, desesperando a todos los que estábamos allí. Cuando le pareció conveniente, salió con unas pintas nefastas a pesar de la demora y se montó en la ambulancia con ellos.

Los días siguientes

Me vengo a enterar los días posteriores que el tipo le tuvo que preguntar el nombre de mi pareja a un vecino de la casa de al lado, para poder llamarlo y que lo atendiera. Cuatro años aquí y no ha tenido la decencia de aprenderse nuestros nombres, salvo cuando necesita ayuda. Es más, los días siguientes quiso dirigirse a él para agradecerle el gesto, pero lo llamó por varios nombres distintos antes que por el suyo propio.

Desde aquel día, cuando tengo que pasar por su puerta miró al frente para no tener que verlo ni por el rabillo del ojo. Ni siquiera saludo, él a mí tampoco. Me siento incómoda e insegura desde que pasó aquello porque paso mucho tiempo en casa sola. Tengo el temor de que llegue con uno de sus ataques, se me meta en la casa y se le vaya la pinza, no sé cómo va a reaccionar ni en qué estado se encuentra cuando se pone hasta arriba.

Es joven, pero me consta que los pocos familiares que tiene no le prestan mucha atención. Los únicos que vienen por aquí de cuando en cuando son un par de amigos de perfil similar al suyo. Tal vez está necesitado de empatía y de cariño, no lo sé. Me he hecho la pregunta: ¿podríamos ser nosotros los que le echáramos un cable en momentos de necesidad, por cercanía? ¿Cambiaría algo si sintiera que tiene alrededor personas que se preocupan y/o están dispuestas a ayudarlo? Tal vez me he cuestionado al respecto por haber convivido con una persona como mi padre, que se ha pasado la vida ayudando a gente como mi vecino.

Aquellos días tomé una decisión: sus ataques no solo no son mi problema, sino que me siento expuesta cuando los tiene. Me da miedo. Así que lo máximo que puedo hacer es llamar a los servicios de emergencia y meterme en casa para que no se le ocurra entrar otra vez y pasarse aquí media mañana pidiendo que le suministremos objetos y masajes.

Los días posteriores a la escena, él le dijo a mi chico que quería tener mejor relación con nosotros, pero mi novio le respondió que nosotros no queremos ser amigos de nadie, solo vivir tranquilos. Me tranquilizó que lo hiciera, la verdad. No siento que seamos nosotros quienes tenemos que ayudar a un adulto funcional que toma tan malas decisiones que se ha ido quedando solo poco a poco. Desde que mi chico habló con él no ha vuelto a pasar nada.

Pero situaciones como estas me hacen pensar. ¿Vivimos demasiado enfrascados en nuestras burbujas cotidianas que no nos da ni para auxiliar a un vecino con problemas? ¿O tenemos que situar el autocuidado por encima de todo?