Soy de esas personas que, por A o por B, nunca había creído demasiado en la terapia. No sabría explicar muy bien por qué. Supongo que porque siempre pensé que eso era para gente con problemas mucho más grandes que los míos.

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Hasta que empecé a informarme.

Empecé a ver a mujeres a las que admiraba hablar con total naturalidad de sus procesos, de su terapia y de todo lo que les estaba aportando. Poco a poco se me fue abriendo la mente y me di cuenta de que quizá yo también llevaba demasiados años cargando con cosas que nunca había aprendido a gestionar.

Siempre había tenido la autoestima bastante baja… nunca me había sentido suficiente.

Nunca me había sentido realmente cómoda con mi cuerpo y tenía la extraña necesidad de adornar mi realidad para parecer un poquito mejor de lo que yo creía que era. Como si necesitara impresionar constantemente a los demás para sentir que merecía un sitio, un silla en este mundo.

Llevaba años siendo consciente de todo eso… así que decidí empezar terapia.

Hablé con tres psicólogas diferentes porque una de las cosas que más me habían repetido era que no vale cualquiera. Necesitas sentir conexión. Necesitas sentirte cómoda. Y si chicas… la encontré.

Las primeras sesiones giraban siempre alrededor de lo mismo: construir autoestima. Yo estaba convencida de que ese era mi gran problema. Pensaba que no sabía valorarme, que siempre intentaba agradar a todo el mundo y que nunca era capaz de ver las cosas buenas que había en mí.

Hasta que un día hicimos un ejercicio que cambió completamente la dirección de la terapia:

Me pidió que describiera cómo sería la mujer en la que me gustaría convertirme. Y lo hice.

Hablé de una persona segura, tranquila, valiente, que se pone límites, que no necesita la aprobación de nadie, que confía en sí misma… que es una profesional de éxito, que controla su destino…

Cuando terminé, me miró y me hizo una pregunta tan sencilla que me dejó completamente muda.

«Tienes muy claro cómo querrías ser. Pero… ¿alguna vez te has preguntado cómo eres realmente?»

Sentí que alguien acababa de pulsar el botón de pausa en mi cabeza… Porque era verdad… llevaba años obsesionada con convertirme en alguien distinto. En una versión de mi que no sabía si casaba con lo que yo era en realidad. Si te paras a pensarlo es fuerte… ¿Cómo podemos estar tan condicionadas por lo que el mundo espera que seamos?

Nunca me había parado a mirar hacia dentro. A reconocer las cosas de las que podía sentirme orgullosa, las que necesitaba mejorar y, sobre todo, las que ya formaban parte de mí sin que nadie tuviera que validarlas.

Y aquel día entendí algo que todavía hoy me sigue acompañando: muchas veces creemos que nos falta autoestima porque no valoramos nuestras cualidades.

Pero quizá el verdadero problema sea otro.

Que estamos tan ocupadas intentando convertirnos en la persona que creemos que deberíamos ser, que nunca nos damos la oportunidad de conocer, de verdad, a la persona que ya somos.