Da igual lo idealizado que tengas a tu chico o cuánto puedas presumir de que tienes al lado a alguien decente, que es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de tus amigas. Si estás con un hombre hetero, tarde o temprano dirás aquello de “Es como todos”. Porque lo es.
Yo tuve mi revelación este verano. Venía de darme un baño en el mar con mi novio cuando, de vuelta a la sombrilla, nos cruzamos con otra pareja jugando a las palas, un chico y una chica. Ella cumplía con todos los cánones de belleza actuales, así que pronto llamó la atención de mi novio. Se quedó mirándola fijamente, al principio con la excusa de haberla confundido con otra persona, una mujer con la que trabajaba. Resulta que yo conozco a la mujer con la que presuntamente la había confundido, y no son ni medio parecidas.
Cuando llegamos a nuestra sombrilla, mi novio se sentó en una silla de playa y se puso a charlar con su padre. Mientras tanto, no perdía puntada de ni una de las jugadas que estaba protagonizando la pareja de las palas, las de ella especialmente. Yo lo observaba a él y él a ella, que seguía jugando felizmente a tres o cuatro metros de donde estábamos, justo delante. Su padre hablándole y él medio siguiendo la conversación por disimular, pero sin apartar la vista de la mujer.
Tal y como predije interiormente, en cuanto la pareja dejó de jugar, mi novio giró la silla hacia su padre, que seguía con su cháchara. Ya no había nada que le interesara en la orilla, no se puede decir que estuviera observando los barquitos surcar las aguas, a otros bañistas o a las gaviotas pescar.
No se puede decir que no lo esperara
En cuanto sus padres se fueron, y nosotros nos quedamos solos en la playa, quise tener una conversación con él de la manera más sosegada posible. Verdaderamente, no estaba enfadada. Más bien, indignada.
Me confirmó el peso del heterobásico que vive en él cuando me negó dos veces lo que yo acababa de ver con mis ojos. Y las excusas no podían ser peores. Primero, me dijo que su única intención era confirmar que no se trataba de alguien a quien conocía (cuando él mismo me había dado la razón en que aquella mujer no se parecía en nada a su antigua compañera). Segundo, y esto es lo peor, me dijo que no le había resultado tan atractiva, que estaba “muy delgada”. Es decir, que su reacción fue muchísimo peor que el acto en sí.
Le dije:
—Mira, Pepe. Te lo voy a decir en el tono más neutro posible, y no te vayas a pensar ni por un momento que esto parte de mis inseguridades. Que mires a cualquier mujer es normal, y más si te resulta atractiva. Que no le hayas quitado ojo a una chavala durante un cuarto de hora, hasta el punto de que ella se haya sentido observada o incómoda, porque estaba a 3 metros, es muy diferente.
Sintiéndose acorralado y con pocas probabilidades de no empeorarlo más, dijo que revisaría su actitud. Y ahí terminó la conversación.

Luego se indignan con los de potenciales acosadores
Creo que aquello fue significativo por encima de lo que pudiera suponer para mí o para nosotros, como pareja, en aquel momento (no tuvo ninguna consecuencia). Aquello fue una demostración de que todos los hombres tienen comportamientos parecidos, incluso los que tratan de revisarse y construir “nuevas masculinidades”.
Mi novio lee sobre feminismo, conoce todas nuestras reivindicaciones, me acompaña a las «manifas» del 8M y el 25N, recrimina actitudes de mierda a sus amigos, se ha salido de algunos grupos de WhatsApp y ha dejado de salir con ciertos tíos porque le indigna el trato o la manera que tienen de referirse a las mujeres.
Creo que él hace bastante. En el día a día siento que me trata como a una igual, que es lo importante. Qué menos, ¿no? Pues solo un par o tres de las muchas mujeres que tengo en mi entorno pueden decir lo mismo. La mayoría sigue atosigada por roles de género que, en mi caso, están bastante diluidos, incluso intercambiados. Y, aún así, mi novio tiene las actitudes del hombre medio.
No es su culpa. Los hombres han sido socializados y culturizados de un modo muy concreto, desde que son niños. A lo largo de su vida, en algún momento nos empiezan a percibir como algo diferente a ellos, y luego como un objeto para su placer. Por eso en las pelis porno (las primeras las ven con 11 o 12 años) hay hombres haciéndole de todo a sus compañeras sexuales, sin deseo de por medio. Por eso sus futbolistas favoritos van a fiestas en las que no faltan ni el alcohol ni las mujeres preciosas, porque son los premios a su talento y sacrificio. Y un larguísimo etcétera.
Este ha sido el verano de Gisèle Pélicot, a cuyos violadores se les acusa de monstruos. Pero no. No son monstruos, son hombres normales. Hombres con profesiones respetables, casados y padres de familia. Hombres que han sido socializados de la manera que acabo de decir. Hombres que, por más que nos cueste o nos pese reconocerlo, podrían ser nuestros novios o maridos.