Tengo 42 años y siempre quise ser madre. Conocí a mi marido con 29, nos casamos con 33 y desde el principio, nos pusimos en marcha con lo de ser padres.
Durante 3 largos años, el predictor sólo dijo sí en dos ocasiones, y en ambas supuso dos traumáticas pérdidas las cuales no olvidaré jamás.
La familia y amigos nos animaban, decían que podíamos tener hijos, pues al menos había logrado quedarme embarazada. Pero mes tras mes nos topábamos con el no y es un daño que te termina calando hondo. Con el tiempo nos pusimos en manos de médicos, los cuales decían, tras pruebas y pruebas, que la posibilidad estaba, pero que nuestra “materia prima” no era precisamente la óptima.
Terminamos poniéndonos en tratamiento. Bueno, me puse yo. Mi marido lo pasó muy mal a mi lado, pero realmente la de los chutes de hormonas, la que andaba loca, la que se sometía a los implantes y a los legrados, era yo. La que sentía tener un cuerpo defectuoso incapaz de crear vida, era sólo yo.
Empezamos a desesperarnos. Nunca te imaginas desde fuera que, un sueño tan alcanzable para la mayoría de las personas como poder tener hijos, puede serte negado a ti. Es muy injusto y muy cruel. No es culpa de nadie, pero desde dentro te sientes como si te hubiera tocado una anti-lotería.

Los tratamientos no funcionaban y tras años de psicólogos, ya con 38, decidí parar. Un buen día le dije a mi marido que se había acabado, que no podía más, que debíamos aceptar que no tendríamos hijos biológicos y que, tras unos meses de descanso mental en el que recuperar fuerzas, nos pondríamos con el tema de la adopción.
Así fue, y no fue fácil tampoco. Tras años de esperas y muchos papeles y entrevistas, conseguí, ya con 41, ser mamá de dos hermanitas, de 6 y 4 años, las cuales llenaron nuestro corazón y nuestra vida de ilusión. La vida empezó a sonreírme, me sentía tan plena con mis niñas que me parecía mentira tener aquel regalo… no suele ser fácil la adaptación de las criaturas al nuevo entorno, pero en nuestro caso fue todo como la seda y al poco tiempo éramos una familia de 4 súper integrados y felices.
Los meses pasaron entre parques, ceras de colores y juguetes y un buen día empecé a tener náuseas. Cuando caí en la cuenta de lo que podía ser, me hice un predictor y salió positivo, pero teniendo en cuenta mi histórico, no tenía muchas esperanzas en que aquel embarazo saliese adelante.
No es que me diese igual, estaba flipando, pero yo tenía mi vida ya muy llena con mis dos niñas, y había sido tanto el trabajo psicológico de aceptación que llevaba hecho, que pensé en fluir por primera vez y sencillamente, lo dejé estar. No me apegué al embarazo como si se acabase el mundo como hice las veces anteriores, ya que mis niñas me demandaban y no tenía tanto tiempo para darle vueltas a la cabeza.
Contra todo pronóstico, el embarazo seguía adelante, y cual fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron en la primera ecografía ¡que estaba embarazada de mellizos! Os podéis imaginar nuestras caras: felices, contrariados, sorprendidos… fue una mezcla de sentimientos brutal.
Ahora os escribo con mis mellizas, de dos meses, dormiditas, mientras mis niñas pintan dibujos de su familia y debajo del garabato donde se supone que estoy yo, pone MAMÁ. Mi corazón está lleno de amor y de ilusión.
Hace un año nadie me podría haber dicho que iba a ser una felicísima madre de 4 niñas, así que si me lees, tú que como yo has transitado el camino de la infertilidad, no pierdas la esperanza, porque a veces los sueños se cumplen, y otras veces, como a mí, con creces.
Anónimo
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