Necesito un fin de semana lejos de mis hijos. Aunque sea uno al año. Dos noches fuera de casa. No pido más.

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Habrá madres que no puedan separarse de sus hijos ni dos horas, pero yo si, por mí y por mi salud mental. Me podéis decir de todo, que si soy mala madre, que si para qué he tenido hijos, que si me ha quedado grande la maternidad. Me da igual.

La maternidad es agotadora, es como si desempeñaras un trabajo durante 24 horas, los siete días de la semana, con un mini jefe de dos años hecho un tirano que solo llora y monta rabietas, y otro de 7 años que espera a que te acabes de sentar en el sofá para pedirte un vaso de agua, la merienda o para decirte que necesita una cartulina azul para llevarla al cole el lunes. Y es domingo por la noche.

Creo que no pido tanto, un fin de semana, unas vacaciones pequeñas.

Irme con mis amigas un fin de semana a la playa, a desconectar de nuestra vida rutinaria. A tostarnos al sol y beber mojitos.

No necesito un viaje de quince días por el Caribe. Ni un retiro espiritual en Bali para encontrarme a mí misma. Me conformo con cuarenta y ocho horas en las que nadie me llame “mamá” cada tres minutos. Cuarenta y ocho horas en las que pueda ir al baño en soledad sin tener a un niño de dos años y medio mirándome mientras hago mis necesidades.

Quiero despertarme porque ya he descansado, no porque un niño haya decidido que las seis y media de la mañana es una hora maravillosa para empezar el día. Quiero desayunar con el café caliente, sin tener que levantarme cuatro veces de la silla para recoger un vaso que se ha caído, limpiar un yogur estampado contra el suelo o mediar en una discusión sobre a quién le toca elegir lo que van a ver en Netflix.

Echo de menos cosas tan simples que hasta me da vergüenza reconocerlas: Leer un libro, ver una película sin quedarme dormida porque estoy agotada, ducharme sin interrupciones…

Amo a mis hijos, los adoro. Son lo mejor que me ha pasado en la vida. Y como los quiero tanto pues necesito esas vacaciones. Para seguir teniendo paciencia y no gritarles a la primera de cambio.

Además, es curioso que cuando un padre dice que se va un fin de semana con los colegas a desconectar, casi todo el mundo le dice que hace muy bien, que se lo ha ganado. Pero si eso de irse de escapada sale de la boca de una madre, enseguida aparecen las miradas de desaprobación y las frasecitas inquisidoras:

“¿Y los niños? ¿Con quién se quedan?”. Pues con su padre, obvio.

Haces bien, pero yo no sería capaz de dejar a mis hijos solos. Pues estupendo. No hace falta que todas seamos iguales. Y te vuelvo a repetir que no están solos, que tienen un padre que sirve para algo.

Habrá madres felices pasando cada minuto con sus hijos, y me parece fantástico. Igual que me parece fantástico reconocer que otras necesitamos alejarnos un poco para volver con más energía.

No es una competición para ver quién sacrifica más por sus hijos.

Y tampoco creo que nuestros hijos necesiten madres agotadas, irritables y al borde del colapso para demostrar cuánto los queremos. Creo que les beneficia mucho más tener una madre que, de vez en cuando, se regala un pequeño respiro para volver con las pilas cargadas.

Así que sí. Quiero mi fin de semana libre. Quiero hacer la maleta y meter ese vestido que tanto me gustaba pero que ya no me ponía porque es blanco y me lo llenan de manchas.

Hablaré con mi marido, a ver que fin de semana le viene mejor quedarse con los críos, y buscaré un hotel junto al mar.

Igual me voy yo sola, fíjate. Sin amigas. Porque lo de ponerse de acuerdo con amigas para vernos cuando tenemos hijos, es una misión imposible, así que, para irnos de escapada a la playa, no me lo quiero ni imaginar.

Cuando vuelva, abrazaré a mis hijos con las mismas ganas de siempre, o incluso con más.  Porque descansar de la maternidad unas horas no significa que quiera menos a mis hijos, significa que soy madre, pero también persona.