Cuando estaba embarazada tenía como un halo de luz alrededor de mi cuerpo que me hacía ser el centro de atención. Yo siempre pensé que ese brillo especial era el sudor de los calores que tenía y de tanto vomitar. Pero se ve que la gente me miraba y me veía radiante.

Canal de mamis en whatsapp, vente!

Embarazada recibía todo tipo de halagos: que si estaba guapísima, que el embarazo me había sentado de maravilla. Y yo lo agradecía, aunque más que guapa, yo me sentí como una vaca. Cogí más kilos de los que debía y en el último mes ya no podía ni andar.

Pero me sentí bien, me sentía importante porque la gente se acercaba a preguntarme de cuento estaba, a tocarme la barriga (a veces sin permiso), a preguntar por el nombre que le iba a poner al bebé.

Si tenía cita médica, siempre entraba con prioridad. Si iba al supermercado, me dejaban colarme. Si iba a comer a un restaurante, el mejor sitio me lo daban a mí.

Debe ser que una embarazada es una especie de ser mágico que todos admiran. La verdad es que crear un bebé de la nada es casi magia. Con un par de células microscópicas somos capaces de formar brazos, piernas, una cabeza, y eso provoca una especie de fascinación para el resto de los mortales.

Pero ocurre una cosa muy curiosa el mismo días que das a luz. Que desapareces.

No físicamente, claro. Sigues ocupando espacio. Bastante, además, porque tu barriga aún parece que albergara a otro bebé, pero no, ya está fuera. Tu panza es como un balón de playa pinchado que se irá desinflando muy poco a poco. Y esos kilos de más que cogiste embarazada van a tardar mucho en irse. Si es que se van…

Lo que quiero decir es que te evaporas socialmente. La gente deja de preguntarte cómo estas para preguntar por tu bebé. Él está bien, gracias. Soy yo la que se ha abierto en canal para traerlo al mundo.

Pero lo peor de todo no es volverte invisible para los demás. El problema es que pasas a ser invisible incluso para ti misma.

Y esto si que no pasa de golpe. Te va a pasar como le pasó a tu barriga después de dar a luz, que te irás desinflando poco a poco hasta llegar a un punto en el que no te vas ni a reconocer. Ya nunca volverás a ser la misma de antes, ni tu barriga tampoco.

Primero dejas de hablar de tus cosas porque todo el mundo quiere saber cómo duerme el bebé. Después dejas de vestir como te gusta porque, primero no cabes en la que ya tenías, y segundo, te compras las camisetas pensando en si será cómodo sacarte un pecho por ese escote para dar de mamar a tu bebé.

Cada vez eres menos importante, ya no eres Raquel, ahora eres la mamá de. Mucha gente olvida tu nombre o lo ignora, para llamarte mamá. A la pediatra de tu hijo se la pela como te llames, ahora eres “mamá, sujeta el niño para que le ponga la vacuna”.

Y según vaya creciendo tu hijo, cada vez será peor. En el cole vas a ser la mamá de. Para su profe y sus amiguitos, tú no tienes nombre, eres un mero complemento de tu hijo.

Tus conversaciones cambian. Tus búsquedas en internet también. Antes buscabas destinos para viajar. Ahora buscas si es normal que un bebé estornude tres veces seguidas o cuánto tarda en caerse el cordón umbilical.

Y un día te das cuenta de que llevas años sin hacer algo únicamente porque te apetece a ti.

Para mí, una de las cosas más duras de la maternidad es perderte a ti misma. Te acostumbras tanto a cuidar de los demás que acabas olvidando que tú también necesitas cuidados. Que también necesitas que alguien te pregunte cómo has dormido, si estás cansada o si necesitas que se queden con tu hijo unos minutos para que puedas ducharte sin prisa.

Por eso yo me emocionaba muchísimo cuando alguien, en lugar de ir directo al carrito, me miraba a los ojos y me decía: “¿Y tú qué tal?”. Parece una pregunta sin importancia, pero para una madre reciente puede ser un salvavidas.

Porque, por fin, alguien se ha acordado de que tú también existes. Porque no dejamos de existir al dar a luz. A mí a veces me basta con que me llamen por mi nombre para que deje de sentirme invisible.