Sieeeeempre quise ser madre, pero siempre, siempre, siempre. Para mi era algo imprescindible en una pareja, que quisiese ser padre, porque era un sueño al que no iba a renunciar, o era sola o era acompañada, pero yo sin hijos no me quedaba.
Ironías del destino o putadas de la vida, nunca vi el momento de ser madre, primero por joven, porque no quería perderme experiencias que me tocaban en ese momento, después por estabilidad laboral y, cuando nos dispusimos mi pareja de ese momento y yo a intentarlo, el cabrón me es infiel. A tomar por culo a tu casa.
Ya un poco más estable a principios de los treinta, invertía practicamente todo mi tiempo en el trabajo, así era imposible conocer a alguien. Pero esta vez el destino tenía algo mejor para mi. Conocí a mi pareja porque era mi compañero de mesa en la oficina.
No me lío mucho y voy a saltarme los dos años de relación, la boda y los tres años siguientes intentando tener hijos de forma natural. Después de tres años decidimos buscar ayuda profesional. Aparentemente yo no tenía ningún problema, aparentemente mi marido tampoco. Probamos in vitro, probamos inseminación con donante, probamos hasta homeopatía, estuvimos en el servicio de salud público, en clínicas privadas, me puse a levantar las piernas después de hacerlo, hice dieta keto, low carb, más deporte… y nada, muchos bebés en el cielo pero ninguno en la barriga. Mientras hacíamos todo esto, también estábamos en todas las listas de adopción nacionales e internacionales.
Fue en la cuarta in vitro cuando parecía que estaba cuajando bien, mi bebé parecía que estaba “bien agarrada”. Y sí, efectivamente mi hija llegó a término. Me pedí una excedencia así como me enteré de que estaba embarazada para disfrutar del embarazo, después de todo lo que nos había costado física, emocional y económicamente, quizás sería el último.
Mi hija llegó al mundo un 25 de diciembre, era literalmente un regalo. Ya nos habíamos informado previamente, por lo que decidimos preservar cordón umbilical por si acaso. Mi hija nunca consiguió coger bien el pecho, pero eso es otra historia. Aprovechamos la situación para que a los tres meses pudiese congelar óvulos, también por si acaso.
Vivimos como un sueño esta etapa, somos unos padres enamoradísimos de nuestra hija, al igual que toda la familia. Llorábamos a cada crecimiento, a cada nuevo hito y, especialmente, cada vez que cerrábamos una caja de ropa que ya no servía.
Cuando nuestra pequeña hizo los cuatro años, decidimos volver a empezar con el proceso. En ningún momento nos planteamos hacerlo “a lo natural”, fuimos directamente a la última clínica privada. Además llevaba un par de meses que sentía que en lugar de regla, manchaba. Me dio miedo que se avecinase la premenopausia, porque mi madre también la había tenido muy joven.
Cuál fue mi sorpresa que, en la primera evaluación médica para ver viabilidad de embarazo, me dijeron que no era posible iniciar ningún tratamiento. Mi marido y yo nos quedamos desilusionados, sin embargo el médico no paraba de sonreir. ¿Qué broma era esta?.
Efectivamente, no podía iniciar ningún tratamiento porque ya estaba embarazada, de 7 semanas exactamente. Volví a coger una excedencia para disfrutar de este embarazo que, ahora sí, sería el último.
Parece mentira que después de más de 20.000€ de procedimientos fallidos, preservación de óvulos y de cordón umbilical… mi segundo hijo viniese como si nada, sin planificación (aunque sí lo queríamos) y por un “error” con el método anticonceptivo (que yo tenía recetado).
Mi hijo es mi segundo regalo, aunque en esta ocasión llegó en verano. Amamos a nuestros dos hijos por igual, aunque a la mayor más le vale pagarnos una buena residencia para todo lo que nos hemos gastado para que viniese al mundo.
