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Cena de empresa: borracha y rumbo a Francia

Ay mariloli, no os podéis ni imaginar la que lié en la última cena de empresa a la que fui. Que bueno, más que una cena, era una cata de vino y siendo yo inexperta en estas cosas (porque toda mi vida mi poderío económico sólo me ha permitido el  Vodka Knebep del Mercadona, que por 5€ es multifunción, lo mismo te desatasca las tuberías  del baño que te haca andar como chiquito de la calzada, que en paz descanse.) creía yo que en las catas pues el vino se bebía. Y resulta que no. Que en las catas el vino se escupe así de una forma muy finolis y sólo te impregnas el paladar de sabores.

Para que entendáis mi noche loca yo acaba de salir del curro, no me había dado tiempo a comer porque estaba a full de trabajo y al día siguiente sobre las cinco de la mañana volaba a Francia a pasar unos días allí con un churri francés que me eché.  Como el metro abría a las Seis y yo embarcaba a las 6 era materialmente imposible llegar al aeropuerto sin dejarte la universidad de tus futuros hijos en un taxi, así que decidí ir a la cata de vino y luego acercarme al aeropuerto y pasar la noche allí.

PRIMER ERROR.

Así que a las ocho estaba yo allí, con el resto de mis compañeras y la maleta guardada, bebiendo vino creyéndome una cosaca de la Rusia Imperial. Sumémosle que A) no había almorzado b) era la primera vez que bebía vino. Y ahí estaba yo, probando como 12 vinos diferentes, to’pa dentro.

Como mi vida está marcada por la tragedia, a las 22:00 salgo yo de la cata muy católica con mi maletita y una bolsita con regalos para la sobrina de 14 meses de mi franchute y hasta ahí todo bien. Pero relatemos la serie de catastróficas desdichas posteriores:

  1. Me monto en el metro. Y empiezo a darme cuenta de que QUIZÁS, SÓLO QUIZÁS llevo el pedo más grande jamás contado en la historia de la humanidad.
  2. Descubro que el vino me sienta fatal.
  3. Me bajo en la siguiente parada del metro y poto en una papelera porque os juro que real no alcanzo al baño.
  4. Me vuelvo a montar y me tengo que bajar en la siguiente parada a potar de nuevo EN OTRA PAPELERA.
  5. En cierto momento ya no sé en qué parada estoy, si estoy en sentido aeropuerto o si estoy yendo a la otra punta de la ciudad. Mi vida es un continuo ir y venir de metros donde me bajo a potar cada dos paradas.
  6. En cierto momento de raciocinio decido salir a que me de el aire (BIEN) pero poto en el ascensor (MAL) y en LA BOLSA DE REGALO DE LA NIÑA.
  7. Decido pedir un taxi porque está claro que me puedo pasar toda la noche de excursión en el metro y al final tengo que soltar 50 precios euros ganados con el sudor de mi frente por llegar sana y salva al aeropuerto.
  8. HALELUYA que estoy en el aeropuerto, MIERDA que me he potado en los zapatos, voy a ir al baño en plan ninja sin que nadie se entere de que llevo el ciego del siglo a adecentarme un poco.
  9. Tiro con todo el dolor de mi coração mis zapatos y me pongo otros que llevaba en la maleta limpitos y relucientes y por si acaso hay vómitos no detectados, tiro la ropa también.
  10. Me tumbo en uno de esos bancos que te partes la espalda con sólo mirarlos y a mí me parece el lugar más cómodo del mundo. Me duermo y MÁGICAMENTE me despierto justo a la hora de hacer el embarque. Todavía estoy borracha.
  11. Paso (aún no sé como lo hice, de verdad) el control de seguridad sin que el guardia note que me cuesta andar recta tres pasos seguidos y le enseño mi tarjeta de embarque en el móvil (que gracias a dios que no perdí, porque yo soy muy hipster y no saco nunca el billete) y por fin estoy en el avión, con mi maleta a salvo, sin regalos, y con el juramento profundo de que JAMÁS VOLVERÉ A BEBER VINO.
  12. Me pongo el cinturón y miro la hora. Quedan como 30 minutos para despegar y ya no recuerdo nada más. Fue como un viaje interestelar a través de todos los planos habidos y por haber con la sensación de que todo pasó en cinco minutos. Lo siguiente que recuerdo es preguntarle a la azafata esto:

– Perdona, ¿Falta mucho para despegar?

– Ya estamos en Francia.

Estaba tan en coma profundo que no me enteré del despegue ni del aterrizaje. Vamos, que se estrella el avión y os juro que ni me entero. Eso sí, cuando mi churri me preguntó que qué tal mi noche, yo sólo le dije:

Wonderful.

 

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