Los martes ni te cases ni te embarques, pero nadie dijo nada de empezar un nuevo trabajo un martes. Quizás debería haber sido un poco más supersticiosa y cambiar mi destino solicitando empezar el miércoles.
Llevaba 12 años de experiencia en mi sector cuando un susto médico me hizo parar. Al llevar tanto tiempo para la misma empresa me estaba saturando mentalmente, ya que siempre querían más y más de mí, pero ya lo daba al máximo.
Avalada por un informe médico, me presenté a mi jefe y le propuse que me echase para tener el paro; al fin y al cabo, tenía el tiempo máximo de paro acumulado. Al principio no quiso, no lo juzgo, no es legal y no quería pagar el finiquito. Pero con el informe que llevaba, la baja médica le iba a salir más cara al necesitar otra persona altamente cualificada para cubrirme.
Aproveché el dinero y me pasé casi dos años descansando (y formándome para no desactualizarme). No os creáis que me dediqué a ver mundo, todo lo contrario: disfruté de la mejor compañía, la mía, y aprendí a llevar una filosofía de vida mucho más tranquila.
Hace unos meses una antigua compañera de trabajo me propuso tomarnos un café. Siempre nos habíamos llevado bien, pero nunca habíamos coincidido después del trabajo.
Me comentó que se había ido por una oferta mucho mejor en una empresa en auge y, cuando informaron de que buscaban un perfil determinado (que yo tenía), pensó automáticamente en mí.
Me quedaba poco paro, por lo que decidí aceptarlo. Pasé la entrevista online con la sede, la cita presencial con RR. HH. y finalmente la entrevista presencial con el jefe supremo. Me propusieron empezar al día siguiente y acepté.
El jefe supremo me citó a primera hora, para enseñarme personalmente las instalaciones y presentarme al equipo. Al principio me pareció un detalle, no era habitual que alguien de su posición dedicase tiempo a una nueva incorporación, pero lo interpreté como una señal de que la empresa valoraba a sus trabajadores.
Durante las primeras semanas fue especialmente amable conmigo. Demasiado. Aunque en aquel momento no quise verlo así. Siempre encontraba una excusa para acercarse a mi mesa, preguntarme cómo me estaba adaptando o invitarme a reuniones a las que realmente no necesitaba asistir. Como acababa de incorporarme, pensé que simplemente quería asegurarse de que encajaba bien en el equipo.
Mis compañeros empezaron a hacer bromas. «Parece que le has caído en gracia». Yo me reía y cambiaba de tema.
La situación empezó a ser incómoda cuando los mensajes empezaron a llegar fuera del horario laboral. Al principio eran preguntas sobre proyectos, pero después continuaba con comentarios personales. Como si solo quisiera una excusa laboral para iniciar una conversación.
Nunca me habló de forma explícita ni me hizo ninguna proposición directa, era sutil y quizás por eso resultaba difícil señalar qué era lo que estaba mal.
Intenté mantener las distancias con educación, respondía lo justo, evitaba quedarme sola con él y rechazaba cualquier invitación que no estuviese relacionada con mi trabajo o mi puesto en sí.
Pensé que entendería que no existía interés por mi parte, pero me equivoqué.
Cuando comprendió que no iba a ocurrir nada entre nosotros, su actitud cambió radicalmente. De la noche a la mañana dejó de incluirme en reuniones, la información para realizar mi trabajo llegaba tarde, mal y a rastras. Algunos proyectos que iban a estar bajo mi responsabilidad fueron asignados a otras personas…
Mi rendimiento empezó a resentirse, porque era imposible trabajar bien así. La misma persona que me había contratado con entusiasmo parecía empeñada en demostrar que yo no era tan buena profesional como habían creído.
La situación alcanzó su punto máximo durante una evaluación interna. Presenté un proyecto que llevaba semanas desarrollando y que había recibido gran cantidad de comentarios positivos de varios compañeros. Sin embargo, durante la reunión mi jefe desmontó públicamente gran parte del trabajo, cuestionando decisiones que él mismo había aprobado semanas antes y dejando caer que quizás yo no estaba preparada para asumir determinadas responsabilidades.
Hasta aquí. Empecé a documentarlo todo, guardé correos, mensajes y cambios de instrucciones, registré fechas y reuniones. Dejé de discutir y me limité a trabajar de forma impecable.
Unos meses después hubo una auditoría interna. La investigación no tenía nada que ver conmigo, pero salieron a la luz numerosos problemas de gestión. Entre ellos, algunas decisiones de mi jefe.
No fui yo quien lo denunció ni tuve que hacerlo. Cuando RR. HH. revisó la documentación, muchas piezas encajaron solas. Varias personas habían tenido experiencias similares. Yo no era la primera y seguro que tampoco sería la última.
Al poco tiempo dejó la empresa. Nunca supe si realmente lo despidieron o dimitió antes de que se supiese todo.
Durante meses estuve convencida de que el problema era yo, cuando ese sinvergüenza solo intentaba anularme después de haberlo rechazado.
Ahora sí soy feliz en mi puesto y mis proyectos sí salen adelante.