El enfado, igual que la ansiedad, cumple una función aunque no nos gusten sus efectos. Utilizamos la ira para expresar disgusto o resentimiento. Justificada o no, responde a un proceso interno y apela a un proceso externo. Ante una amenaza percibida, nuestro cerebro suele pedirnos que “huyamos o ataquemos”. Al “atacar” entramos en la ira.

Aunque muchas veces asociamos un cabreo con perder los papeles, en otras ocasiones es necesaria para expresar lo que sentimos, pensamos o queremos. Una de las funciones primordiales de la ira es la supervivencia. Si percibimos alguna amenaza, reaccionamos de manera agresiva, o nos preparamos para ello.

Todos nos cabreamos, más o menos. Sin embargo, viviendo en sociedad se nos anima a no expresar el enfado. Saber gestionar la ira es una virtud, pero esto no significa embotellar nuestra rabia. La ira es un indicador interno útil para la frustración. Cuando se produce una injusticia, nos cabreamos. Es preferible expresarse de forma asertiva, afirmando nuestra posición y derecho sin atacar ni someterse al otro. Lo aconsejable es encontrar maneras de comunicarnos sin llegar a la agresividad. 

Aunque asociamos el cabreo a gritos, insultos y agresiones, la rabia tiene muchas más formas. Existen multitud de muestras pasivo agresivas: derrotismo, chantaje emocional, autoculpabilidad, falsedad, comportamientos compulsivos o evasividad extrema. Si no gestionamos nuestro enfado adaptativamente, la emoción no desaparece, se transforma y nos puede consumir por dentro sin que nos demos cuenta. 

Algunas expresiones físicas, como el deporte, sirven también para canalizar o desfogar la ira. El Estado es quien tiene el monopolio de la violencia, a través de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. No se nos permite enfadarnos (o mostrarlo) más de lo que está aceptado por seguridad y respeto social.

El enfado funciona a menudo como aviso. Nuestra expresión facial, lenguaje corporal y respuestas fisiológicas pueden delatar nuestro cabreo. Esto también sirve de aviso para otras personas. “Hoy no tengo el horno para bollos”. La ira es un patrón de comportamiento diseñado para advertir a agresores. Rara vez se llega a un altercado sin que ninguna de las partes haya señalado su enfado. 

Cabe recordar que la ira puede cegarnos. Es extremadamente común cuando nos cabreamos, percibir que nosotros tenemos razón y es el resto del mundo el que la ha cagado. La rabia causa pérdidas en las capacidades de autorregulación y observación objetiva. Una vez entramos en el “modo cabreo”, es fácil que se nos nuble el juicio y perder la razón. Muchas veces no nos damos cuenta hasta que no ha bajado la sensación de alerta. Entonces percibimos la auténtica magnitud de la amenaza, nuestra reacción, y admitimos nuestra parte en el asunto y hasta pedimos perdón y perdonamos.

Suelen recomendar respirar hondo y contar hasta diez cuando sentimos que el cabreo se apodera de nosotros. De esta manera podemos separarnos de la emoción y regularnos mejor. 

¿Te cabreas más de lo que te gustaría? ¿Alguna vez has conseguido algo con un enfado que no habrías conseguido de otra forma? ¿Cómo regulas tu ira? 

Tío Vivo